los grandes charcos, al secarse, dejaban manchas blancas y regueros
azules del agua de añil. Solían echar también los vecinos por cualquier
parte la basura, y cuando llovía, como se obturaba casi siempre la boca
del sumidero, se producía una pestilencia insoportable de la corrupción
del agua negra que inundaba el patio, sobre la cual nadaban hojas de col
y papeles pringosos.
A cada vecino le quedaba para sus menesteres el trozo de galería que
ocupaba su casa; por el aspecto de este espacio podía colegirse el grado
de miseria o de relativo bienestar de cada familia, sus aficiones y sus
gustos.
Aquí se advertía cierta limpieza y curiosidad: la pared blanqueada, una
jaula, algunas flores en pucheretes de barro; allá se traslucía cierto
instinto utilitario en las ristras de ajos puestas a secar, en las uvas
colgadas; en otra parte, un banco de carpintero, la caja de herramientas,
denunciaban al hombre laborioso, que trabajaba en las horas libres.
Pero, en general, no se veían más que ropas sucias, colgadas en las
barandillas; cortinas hechas con esteras, colchas llenas de remiendos de
abigarrados colores, harapos negruzcos puestos sobre mangos de
escobas o tendidos en cuerdas atadas de un pilar a otro, para interceptar
más aún la luz y el aire.
Cada trozo de galería era manifestación de una vida distinta dentro del
comunismo del hambre; había en aquella casa todos los grados y matices
de la miseria: desde la heroica, vestida con el harapo limpio y decente,
hasta la más nauseabunda y repulsiva.
En la mayor parte de los cuartos y chiribitiles de la Corrala, saltaba a
los ojos la miseria resignada y perezosa, unida al empobrecimiento
orgánico y al empobrecimiento moral.
En el espacio que disfrutaba la familia del zapatero; en la punta de una
pértiga muy larga, atada a uno de los pilares, colgaban unos pantalones
llenos de remiendos, que se balanceaban cómicamente.
Del patio grande del Corralón partía un pasillo, lleno de inmundicias,
que daba a otro patio más pequeño, en el invierno convertido en un fétido
pantano.
Un farol, metido dentro de una alambrera, para evitar que lo
rompiesen los chicos a pedradas, colgaba de una de sus paredes negras.
En el patio interior, los cuartos costaban mucho menos que en el
grande; la mayoría eran de veinte y treinta reales; pero los había de dos
y tres pesetas al mes: chiscones oscuros, sin ventilación alguna,
construidos en los huecos de las escaleras y debajo del tejado. En otro
clima más húmedo, la Corrala hubiera sido un foco de infección; el viento
y el sol de Madrid, ese sol que saca ronchas en la piel, se encargaba de
desinfectar aquella madriguera.
Para que en aquella casa hubiese siempre algo terrible y trágico, al
Pío Baroja
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