miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo
tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de su
falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar de
peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y no
faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos
ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo
aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante,
que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias.
Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin
formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos,
ni nada.
Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba
borrachos media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban
constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no
salían más que en un momento de ira o de indignación.
El dinero era para ellos, la mayoría de las veces, una desgracia.
Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus
inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se
exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se
sentían generosos, y cuando, después de soltar baladronadas, se creían
dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías
ficticias del alcohol que se iba disipando.
Las mujeres de la casa, por lo general, trabajaban más que los
hombres, y reñían casi constantemente. De treinta años para arriba
tenían todas el mismo carácter y casi el mismo tipo: negras,
desmelenadas, iracundas; gritaban y se desesperaban por cualquier
cosa.
De cuando en cuando, como un suave rayo de sol en la umbría,
penetraba en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de
aquellas mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión,
un sentimiento romántico, de desinterés, de ternura, que les hacía vivir
humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían
otra vez a su inercia moral, resignada y pasiva.
Los vecinos constantes del Corralón se contaban entre los del primer
patio. En el otro, la mayoría ambulantes, pasaban en la casa, a lo más,
un par de semanas, y luego, como se decía allí, ahuecaban el ala.
Un día se presentaba un lañador con su gran zurrón, su berbiquí y sus
alicates, que gritaba por las calles, con voz bronca: «¡A componer tinajas
y artesones..., barreños, platos y fuentes!», y después de pasar una corta
temporada se largaba; a la semana siguiente aparecía un vendedor de
telas de saldo, que pregonaba a gritos pañuelos de seda a diez y quince
céntimos; otro día se hospedaba un buhonero con sus cajas llenas de
alfileres, horquillas y pasadores, o algún comprador de galones de oro y
Pío Baroja
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