caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un
judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad por los caminos, gentes
sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo limosna en
nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso peligroso de los
ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras se preparaba el
cuscús, tocando el guembrí y cantando canciones soñolientas y tristes.
Un sábado, Jacob le convidó a comer en su casa.
Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela
próxima al paseo de Areneros.
La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una o dos
mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de
las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.
Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo, que andaba por
la casa con una túnica oscura y una gorra; a su mujer, Mesoda, y a una
niña de ojos negros llamada Aisa.
Se sentaron todos a la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras
gravemente en una lengua enrevesada que Manuel supuso sería una
oración en judío, y comenzaron a comer.
La comida tenía gusto a hierbas aromáticas fuertes, y a Manuel le
pareció que mascaba flores.
En la, mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda
la familia, contó a Manuel las peripecias de la guerra de África; en su
narración, Prim, el señor Juan Prim -como decía él-, tomaba
proporciones épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le
dejaba perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda, muy tímida,
sonreía y se ruborizaba por cualquier cosa.
Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos
de tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno
de aquellos instrumentos primitivos.
Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de
cuando en cuando.
Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día
entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el parador
encontró en el pasillo que conducía a su cuarto un grupo de comadres
que hablaban de Jesús y de sus hermanas.
La Fea había parido; estaba en su cuarto el médico de la Casa de
Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida
asistiendo enfermos.
-Pero ¿qué ha hecho Jesús? -preguntó Manuel al oír los dicterios de las
mujeres contra el cajista.
-¿Qué ha hecho? -contestó una de las comadres-. Pues na, que ha
resultao que vivía amontonado con la Sinfo, que es una pécora más mala
que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao a la bebida, y la zorrona
Pío Baroja
83