situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no
enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal,
trabajador, a quien llegaría usted a querer; ese hombre ha resultado un
miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted
ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo
comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.
-Y usted me dice fríamente: «Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo
otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza,
porque nadie la entiende; yo sigo adelante».
-Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro
cualquiera, lo que un hombre galante haría en mi posición?
¿Aprovecharse de su desconcierto y hacer que usted fuera mi querida, y
luego dejarla a usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. Quizá sea
rectilínea, como mis aspiraciones; es así.
-No hay salvación; mi vida está aniquilada -murmuró Esther con la
mirada brillante.
-No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables;
luchar, ¡si ésa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, la
alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.
Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.
-Adiós; trataré de seguir sus consejos -y le tendió la mano.
Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.
Iba a marcharse cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un
niño que implora:
-¡Oh, no se vaya usted!
Roberto volvió.
-Yo no le desviaré de su camino -exclamó Esther-. Lléveme usted de
aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana, como una criada, si
usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone.
Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.
-Vamos -murmuró Roberto emocionado-. ¿No le va usted a avisar a
Bernardo?
Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me
esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente, y se
acercó a Roberto, que la, esperaba en la puerta.
-Pero si no quiere usted acompañarme, no lo haga usted, Roberto. Por
compromiso, no -dijo Esther, con los ojos llenos de lágrimas.
-!la dicho usted que sería mi hermana, vamos -repuso él con cariño.
Ella entonces se refugió en su pecho: él, apartando con la mano los
rizos de la frente, la besó con dulzura.
-No, así no, así no -exclamó Esther temblando, y agarrando a Roberto
por las muñecas le presentó los labios.
Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó a su
La lucha por la vida II. Mala hierba
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