para no demostrar su ignorancia.
El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo
discutiendo con su hijo sentía más la envidia que otra cosa; pero, en
presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban de
orgullo y de júbilo.
Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un
mancebo, chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé,
con los pelos pegados y llenos de cosméticos; y entraba en el taller.
-¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas! -murmuraba
melancólicamente.
Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba a sus
anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico, y encontraba defectos en
todo. Como no había llegado a comprender, por falta de nociones de
matemáticas, la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba
para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigían
habilidad y paciencia.
-Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre; no
sabéis hacer nada.
Perico le dejaba hacer.
El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz
eléctrica marcara al revés, o no marcara, y hacía un gasto de fluido
tremendo.
Muchas veces, la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar
al chico, bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas
de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela;
Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la Ignacia
o dejaba volar su imaginación.
En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban
un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada. Algunas noches
se oía en la ventana un golpecito suave; salía la Ignacia a abrir, se oían
pasos en el portal, y entraba el señor Canuto, envuelto en su parda capa,
con la gorra de pelo hasta las orejas y una pipa corta entre los dientes.
-¡Fresco, fresco! -decía, frotándose las manos-. Buenas noches a todos.
-¡Hola, señor Canuto! -contestaban los demás.
-Siéntese usted -le indicaba el jorobado.
Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.
Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían
maliciosamente.
-¿Y de historias, qué hay, señor Canuto?
-Nada; murmuraciones, nada -replicaba él-. Cuchichí, chuchachá...,
cuchichear.
Sonreían los circunstantes, y a veces la Salvadora no podía contener la
carcajada.
La lucha por la vida III. Aurora roja
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