Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch el gatillo
rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más
largas que las de delante.
Kis le invitó varias veces con ladridos alegres a jugar con él, y Roch,
que era, sin duda, un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso a
bufar, y luego, corriendo, saltó a la falda de la Salvadora, donde parecía
haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo rum rum.
Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante e
incomprensible. Cuando la Salvadora cosía a máquina, se ponía a su
lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido,
cerraba los ojos y se dormía.
En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en
la casa; conoció a Rebolledo y a su hijo, que le parecieron personas
respetables; en el corral observó a las gallinas y al gallo, y no le
inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas,
con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y
los pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.
Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban
el sol y echaban a correr cuando le veían, y con un burro, un tanto
melancólico y no muy fino en sus maneras, a quien llamaban Galán.
Pero, de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa,
ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus
ojillos redondos, parpadeando.
Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos, que andaban
por la calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no
tenía preocupaciones, a pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó
al momento con ellos.
Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.
-Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?
-preguntó Juan mientras modelaba el barro con los dedos.
-Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.
-Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.
-Pues, no -replicó la Salvadora, ruborizada.
-Pero acabarán ustedes casándose.
-No sé.
-Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y
muy pacífico. De chico era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo le
admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores
con una mariposa, tan grande, que parecía un pájaro, clavada con un
alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. « ¿Por qué?» «Porque le estás
haciendo daño». Me chocó la contestación; pero me chocó más todavía
cuando Manuel fue a la ventana, la abrió, y cogió la mariposa, le secó el
alfiler y la tiró a la calle. El chico se puso tan furioso que desafió a
La lucha por la vida III. Aurora roja
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