-Me ha convencido usted -le dijo Manuel al jorobado.
-Claro -exclamó el Madrileño impaciente-, como que todas esas
fórmulas son mamarrachadas. No hay mas que una cosa: la Revolución
por la Revolución, pa divertirse.
-Eso es -dijo el señor Canuto-; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, ni
tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego a todo? Pues a
ello. Y echar con las tripas al aire a los burgantes y tirar todas las iglesias
al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos los conventos,
y todas las cárceles... Y si ve a un cura, o a un general, o a un juez, se
acerca uno a él disimuladamente y se le da un buen cate o una puñalá
trapera... y adivina quién te dio... Eso es.
Prats protestó, diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y
humanos, y no una partida de asesinos.
-¡Pero será este hombre mendrugo! -exclamó el señor Canuto en el
colmo del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su
interlocutor, le dijo-: Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al
mundo, me dolían a mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero
he visto algo en la vida -poniéndose el dedo índice junto al párpado
inferior del ojo derecho-; más que muchos, y he cambiado de táctica
militar. ¿Está usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión
está en echar el sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues
bien; mi sistema actual es mismamente tan científico como un mauser.
Echa usted el cañón y dispara...: pum..., pum..., pum..., todas las veces
que usted quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es
posible que se atraviese usted el corazón.
-No le entiendo a usted -dijo el catalán.
-¿No? -y el señor Canuto sonrió mirando a su interlocutor con lástima-
. ¡Qué le vamos a hacer! Quizá yo no de pie con bola -y, haciéndose el
humilde, continuó-: pero sí que me figuraba conocer un poquito de la
vida y del rentoy. Pero vamos a cuentas. Si usted tiene una caballería o
un niño, es igual para el caso, con úlceras escrofulosas, ¿qué hace
usted?
-¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.
-Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?
-Claro.
-Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar
al enfermo: yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire;
segunda, aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera,
paliar, o lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta
cosa, disimular las úlceras, o sea poner encima una capa de polvos de
arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras sociales.
-Será verdad; a mí no me lo parece.
-¿No? Pues a mí, sí. Yo le daría a usted un consejo. No sé si se ofenderá
La lucha por la vida III. Aurora roja
71