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En el fondo del lago apareció una enorme cúpula transparente con luces de diversos colores; había una
especie de restaurante en el interior de esa gran burbuja. Adentro se veían mesitas, una orquesta y una pista
de baile. Las personas danzaban al compás de un ritmo alegre. Algunos batían las palmas mientras
observaban desde las mesas llenas con helados y bebidas en vasos altos.
- ¿Tampoco se paga allí?
-En ninguna parte, Pedrito.
-Entonces, si la vida es tan fácil, ¿cómo es que la gente no se dedica a pasarla bien, en lugar de trabajar?
-Aquí hay muy poco trabajo, el más pesado lo hacen las máquinas y los robots.
- ¡Esto es mejor que irse al cielo!
-Estamos "en el cielo"... ¿no?
Yo iba comprendiendo cada vez con mayor claridad lo maravilloso que debía ser vivir en un mundo como ése.
-Esto hay que ganarlo --dijo Ami.
Continuamos avanzando lentamente por el fondo de aquel lago poblado por extraños peces y plantas.
Aparecieron unas pirámides que se elevaban entre algas y corales de variados matices.
- ¿No hay tiburones por aquí?
-Ni tiburones, ni serpientes, ni arañas, ni fieras; nada agresivo o venenoso. Este es un planeta evolucionado,
por lo tanto, ya no tiene especies alejadas del amor... ésas quedan para los mundos que las merezcan...
- ¿Qué comen los peces?
-Lo mismo que las vacas y caballos de tu planeta: vegetales. En los mundos civilizados nadie mata para vivir,
ningún animal se come a otro.
-Entonces tú no comes carne...
- ¿Qué quisiste decirme?
Yo no había querido decir nada ofensivo, pero Ami reía.
-Claro que no comemos carne... qué asco, qué maldad matar esos pollitos, cerditos y vaquitas inocentes...
Así como lo había descrito, me pareció maldad a mí también. Decidí no volver a comer carne.
-A propósito de comida... -dije, sintiendo mi estómago vacío.
- ¿Tienes hambre?
-Mucha. ¿No habrá alguna comida extraterrestre por ahí?
-Claro, busca allá atrás -me señaló un armario tras los sillones de comando. Levanté una tapa que se deslizaba
hacia arriba. Apareció una pequeña despensa llena de envases de un material que parecía madera, marcados
con signos extraños.
-Trae el más ancho.
No supe cómo abrirlo, parecía hermético. Ami reía ante mi confusión.
-Oprime el punto rojo.
Al hacerlo, se levantó suavemente la tapa. Aparecieron unas frutas parecidas a las nueces, de color ambarino
claro, algo transparentes.
- ¿Qué son estas cosas?
-Come una.
La tomé, era blanda como esponja, la probé con la punta de la lengua. Tenía un sabor más bien dulce. .
-Come, hombre, come, que no es veneno
-Ami no se perdía ninguno de mis movimientos.
-Pásame una.
Le acerqué el envase y tomó una de las frutas, se la echó a la boca y la comió con deleite. Mordí un poquito y
lo saboreé con cuidado. Tenía un gusto como a maní, nueces o avellanas. Su sabor era muy delicado, me
gustó. Fui adquiriendo confianza. El segundo bocado me pareció ex quisito.
- ¡Son muy sabrosas!
-No comas más de tres o cinco, tienen demasiadas proteínas.
- ¿Qué cosa es esto?
-Es una especie de miel -reía Ami- de algo así como abejas -ahora reía más.
-Me gusta. ¿Puedo llevarle algunas a mi abuelita?
-Claro, pero deja aquí el envase. Sólo a tu abuelita, a nadie más se las muestres, cómanlas todas, no guardes
ninguna, ¿prometido?
-Prometido... mmmm... son deliciosas.
-No tanto, para mi gusto, como unas frutas de la Tierra.
- ¿Cuáles?
-Esas que llaman damascos o albaricoques.
- ¿Te gustan?
-Claro, en mi planeta son muy apreciadas. Hemos intentado adaptarlas a nuestros suelos, pero sin obtener
todavía ese sabor. Es frecuente la aparición de "ovnis" en las plantaciones de damascos...
-Ami reía con sus carcajaditas de bebé.
- ¿Ustedes se los roban? -pregunté, con gran sorpresa.
- ¿Robar... qué es robar? -fingía no saberlo.
-Tomar lo que pertenece a otro.