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XVIII
El regreso de Alicia, en junio de 1939, fue igno-
rado por mí hasta fin de año. Después supe que en
esos seis meses ella había salido regularmente con
Lucas, que habían concurrido con frecuencia a con-
ciertos y que, además, ella le acompañaba a su
peña habitual. Nada de eso me sorprendía. Siempre
me ha enorgullecido haber sido el primero en descu-
brir que Lucas y Alicia estaban hechos de la misma
materia. Aún hoy, en tan diferentes circunstancias,
sigo creyendo lo mismo. Ellos, en cambio, se han
obstinado en equivocarse, en no admitir esa atrac-
ción recíproca.
Admito que en esta época tiene su inesperado
origen la mayor debilidad de mi vida, la más la-
mentable de mis claudicaciones. Sólo puedo in-
vocar en mi descargo mi absoluto convencimiento
de que las relaciones entre Lucas y Alicia eran cada
vez más estrechas y constituían desde ya una unión
virtual. Alguna vez oí hablar ?por amigos suyos
más que míos? de ese vínculo que a todos inquie-
taba. Nadie sabía si eran novios, amantes, amigos.
Ellos se tenían por lo último, y ahora estoy seguro,
intuitivamente seguro, de que jamás transgredieron
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