- Y que me place seguir vuestro consejo, y esta vez sin daros más empacho voy a volverme.
Y teniendo ya el ánimo lleno de ira y de rencor por lo que veía que le habían hecho, volviendo a tomar su manto se fue de
la cámara y quiso encontrar silenciosamente quién había hecho aquello, imaginando que debía ser de la casa, y que cualquiera
que fuese no habría podido salir de ella. Cogiendo, pues, una pequeñísima luz en una linternilla se fue a una larguísima
habitación que en su palacio había sobre las cuadras de los caballos, en la cual casi toda su servidumbre dormía en diversas
camas; y juzgando que a quienquiera que hubiese hecho aquello que la dama decía, no se le habría podido todavía reposar el
pulso y el latido del corazón por el prolongado afán, empezando por uno de los extremos de la habitación, empezó a ir
tocándoles el pecho a todos, para saber si les latía el corazón con fuerza.
Como sucediese que todos dormían profundamente, el que con la reina había estado no dormía todavía; por la cual cosa,
viendo venir al rey y dándose cuenta de lo que andaba buscando, fuertemente empezó a temblar, tanto que el golpear del pecho
que tenía por el cansancio fue aumentado por el miedo; y dándose cuenta firmemente de que, si el rey se apercibía de aquello,
sin tardanza le haría morir. Y aunque varias cosas que podría hacer le pasaron por la cabeza, viendo sin embargo al rey sin
ninguna arma, deliberó hacerse el dormido y esperar lo que el rey hiciese. Habiendo, pues, el rey a muchos buscado y no
encontrando a ninguno a quien juzgase haber sido aquél, llegó a éste, y notando que le latía fuertemente el corazón, se dijo:
«Este es aquél».
Pero como quien nada de lo que quería hacer entendía que se supiese, no le hizo otra cosa sino que, con un par de tijerillas
que había llevado, le cortó un poco de uno de los lados los cabellos, que en aquel tiempo se llevaban larguísimos, para por
aquella señal reconocerlo la mañana siguiente; y hecho esto, se volvió a su cámara. Éste, que todo aquello había sentido, como
quien era malicioso, claramente se dio cuenta de por qué había sido señalado; por lo que, sin esperar un momento, se levantó, y
encontrando un par de tijerillas, de las que por ventura había un par en la cuadra para el servicio de los caballos, cautamente
dirigiéndose a cuantos en aquella habitación dormían, a todos de manera igual sobre las orejas les cortó el pelo; y hecho esto,
sin que le oyeran, se volvió a dormir.
El rey, levantado por la mañana, mandó que, antes que las puertas del palacio se abriesen, toda su servidumbre viniese
ante él; y así se hizo. A todos los cuales, estando delante de él sin nada en la cabeza, empezó a mirar para reconocer al que él
había tonsurado; y viendo a la mayoría de ellos con los cabellos de un mismo modo cortados, se maravilló, y se dijo:
«Aquel a quien estoy buscando, aunque de baja condición sea, bien muestra ser hombre de alto ingenio.»
Luego, viendo que sin divulgarlo no podía encontrar al que buscaba, dispuesto a no querer por una pequeña venganza
cubrirse de gran vergüenza, sólo con unas palabras le plugo amonestarlo y mostrarle que se había dado cuenta de lo ocurrido; y
volviéndose a todos, dijo:
- Quien lo hizo que no lo haga más, e idos con Dios.
Otro habría querido darle suplicio, martirizarlo, interrogarle y preguntarle y al hacerlo habría descubierto lo que cualquiera
debe tratar de ocultar; y al ponerse al descubierto, aunque se hubiera vengado cumplidamente, no menguado sino mucho habría
aumentado su vergüenza y manchado el honor de su mujer. Los que aquellas palabras oyeron se maravillaron y largamente
dilucidaron entre sí qué habría querido decir el rey con aquello, pero no hubo ninguno que lo entendiese sino sólo aquel a
quien tocaba. El cual, como sabio, nunca, en vida del rey lo descubrió, ni nunca más su vida con tal acción fió a la fortuna.
NOVELA TERCERA
Bajo especie de confesión y de purísima conciencia una señora enamorada de un joven induce a un grave fraile, sin darse él
cuenta, a hallar la manera de que el placer de ella tuviese entero cumplimiento.
Callaba ya Pampínea, y ya la osadía y la cautela del palafrenero había sido alabada por muchos de ellos, y semejantemente
el buen juicio del rey, cuando la reina, volviéndose hacia Filomena, le ordenó continuar; por lo cual Filomena, graciosamente
comenzó a, hablar así:
Yo entiendo contaros una burla que fue muy justamente hecha por una hermosa señora a un grave fraile, que tanto más a
todo seglar agrada cuanto que éstos (la mayoría estupidísimos y hombres de extrañas maneras y costumbres) se creen que más
que los otros en todas las cosas valen y saben, cuando son de mucho menor valor, como quienes por vileza de ánimo, no
teniendo inventiva para sustentarse como los demás hombres, se refugian donde puedan tener qué comer, como el puerco. La
que, oh amables señoras, os contaré no sólo por obedecer la orden impuesta sino también para advertiros de que también los
religiosos (a quienes nosotras, sobremanera crédulas, demasiada fe prestamos) pueden ser y son algunas veces, no ya por los
hombres sino por algunas de nosotras, sagazmente burlados.