EL ANIMAL SOÑADO POR POE
En su Relato de Arthur Gordon Pym, de Nantucket, publicado en 1838, Edgar Allan Poe
atribuyó a las islas Antártidas una fauna asombrosa pero creíble. Así, en el capítulo dieciocho
se lee:
"Recogimos una rama con frutos rojos, como los del espino, y el cuerpo de un animal
terrestre, de conformación singular. Tres pies de largo y seis pulgadas de alto tendría; las
cuatro patas eran cortas y estaban guarnecidas de agudas garras de color escarlata, de una
materia semejante al coral. El pelo era parejo y sedoso, y perfectamente blanco. La cola era
puntiaguda, como de rata y tendría un pie y medio de longitud. La cabeza parecía de gato, con
excepción de las orejas, que eran caídas, como las de un sabueso. Los dientes eran del mismo
escarlata de las garras".
No menos singular era el agua de esas tierras australes:
"Primero nos negamos a probarla, suponiéndola corrompida. No sé cómo dar una idea justa de
su naturaleza, y no lo conseguiré sin muchas palabras. A pesar de correr con rapidez por
cualquier desnivel, nunca parecía límpida, excepto al despeñarse en un salto. En casos de
poco declive, era tan consistente como una infusión espesa de goma arábiga, hecha en agua
común. Éste, sin embargo, era el menos singular de sus caracteres. No era incolora ni era de
un color invariable, ya que su fluencia proponía a los ojos todos los matices del púrpura, como
los tonos de una seda tornasolada. Dejamos que se asentara en una vasija y comprobamos
que la masa del líquido estaba separada en vetas distintas, cada una de tono individual, y que
esas vetas no se mezclaban. Si se pasaba la hoja de un cuchillo a lo ancho de las vetas, el
agua se cerraba inmediatamente, y al retirar la hoja, desaparecía el rastro. En cambio, cuando
la hoja era insertada con precisión entre dos de las vetas, ocurría una separación perfecta,
que no se rectificaba en seguida".
ANIMALES ESFÉRICOS
La esfera es el más uniforme de los cuerpos sólidos, ya que todos los puntos de la superficie
equidistan del centro. Por eso y por su facultad de girar alrededor del eje sin cambiar de lugar
y sin exceder sus límites, Platón (Timeo, 33) aprobó la decisión del Demiurgo, que dio forma
esférica al mundo. Juzgó que el mundo es un ser vivo y en las Leyes (898) afirmó que los
planetas y las estrellas también lo son. Dotó, así, de vastos Animales Esféricos a la zoología
fantástica y censuró a los torpes astrónomos que no querían entender que el movimiento
circular de los cuerpos celestes era espontáneo y voluntario.
Más de quinientos años después, en Alejandría, Orígenes enseñó que los bienaventurados
resucitarían en forma de esferas y entrarían rodando en la eternidad.
En la época del Renacimiento, el concepto de Cielo como animal reapareció en Vantini; el
neoplatónico Marsilio Ficino habló de los pelos, dientes y huesos de la Tierra, y Giordano Bruno
sintió que los planetas eran grandes animales tranquilos, de sangre caliente y de hábitos
regulares, dotados de razón. A principios del siglo XVII, Kepler discutió con el ocultista inglés
Robert Fludd la prioridad de la concepción de la Tierra como monstruo viviente, "cuya
respiración de ballena, correspondiente al sueño y a la vigilia, produce el flujo y el reflujo del
mar". La anatomía, la alimentación, el color, la memoria y la fuerza imaginativa y plástica del
monstruo fueron estudiados por Kepler.