tragedia que pondría un punto final a sus días y convertiría en cenizas una residencia
tradicional de la zona del Oeste, hizo gala de su habitual
sprit.
El origen de la magna con-
flagración quedaba por aclarar.
»A mí no me asusta el trabajo, pero desde entonces no he vuelto al diario ni a las Obras, y
ando con el ánimo por el suelo. A los dos días me vino a visitar un señor muy afable, que me
interrogó sobre mi participación en la compra de escobillones y trapos de rejilla para la
cantina del personal del corralón de la calle Bucarelli; después cambió de tema y habló de las
colectividades extranjeras y se interesó especialmente en la siriolibanesa. Prometió, sin mayor
seguridad, repetir la visita. Pero no volvió. En cambio, un desconocido se instaló en la
esquina y me sigue con sumo disimulo por todos lados. Yo sé que usted no es hombre de
dejarse enredar por la policía ni por nadie. Sálveme, don Isidro, ¡estoy desesperado!
—Yo no soy brujo ni ayunador para andar resolviendo adivinanzas. Pero no te voy a negar
una manito. Eso sí, con una condición. Prométeme que me vas a hacer caso en todo.
—Como usted diga, don Isidro.
—Muy bien. Vamos a empezar en seguida. Decí en orden las figuras del almanaque.
—El Carnero, el Toro, los Gemelos, el Cangrejo, el León, la Virgen, la Balanza, el
Escorpión, el Sagitario, el Capricornio, el Acuario, los Peces.
—Muy bien. Ahora decilos al revés.
Molinari, pálido, balbuceó:
—El Ronecar, el Roto...
—Salí de ahí con esas compadradas. Te digo que cambies el orden, que digas de cualquier
modo las figuras.
—¿Que cambie el orden? Usted no me ha entendido, don Isidro, eso no se puede...
—¿No? Decí la primera, la última y la penúltima. Molinari, aterrado, obedeció. Después
miró a su alrededor.
—Bueno, ahora que te has sacado de la cabeza esas fantasías, te vas para el diario. No te
hagas mala sangre.
Mudo, redimido, aturdido, Molinari salió de la cárcel. Afuera, estaba esperándolo el otro.
2.
A la semana, Molinari admitió que no podía postergar una segunda visita a la Penitenciaría.
Sin embargo, le molestaba encararse con Parodi, que había penetrado su presunción y su
miserable credulidad. ¡Un hombre moderno, como él, haberse dejado embaucar por unos
extranjeros fanáticos! Las apariciones del señor afable se hicieron más frecuentes y más
siniestras: no sólo hablaba de los siriolibaneses, sino de los drusos del Líbano; su diálogo se
había enriquecido de temas nuevos: por ejemplo: la abolición de la tortura en 1813, las
ventajas de una picana eléctrica recién importada de Bremen por la Sección Investigaciones,
etc.
Una mañana de lluvia, Molinari tomó el ómnibus en la esquina de Humberto I. Cuando bajó
en Palermo, bajó también el desconocido, que había pasado de los anteojos a la barba rubia...
Parodi, como siempre, lo recibió con cierta sequedad; tuvo el tino de no aludir al misterio de
Villa Mazzini: habló, tema habitual en él, de lo que puede hacer el hombre que tiene un sólido
conocimiento de la baraja. Evocó la memoria tutelar del Lince Rivarola, que recibió un sillazo
en el momento mismo de extraer un segundo as de espadas, de un dispositivo especial que
tenía en la manga. Para complementar esa anécdota, extrajo de un cajón un mazo grasiento, lo
hizo barajar por Molinari y le pidió que extendiera los naipes sobre la mesa, con las figuras
para abajo. Le dijo:
—Amiguito, usted que es brujo, le va a dar a este pobre anciano el cuatro de copas. Molinari
balbuceó: