—Yo nunca he pretendido ser brujo, señor... Usted sabe que yo he cortado toda relación con
esos fanáticos.
—Has cortado y has barajado; dame en seguidita el cuatro de copas. No tengas miedo; es la
primera carta que vas a agarrar.
Trémulo, Molinari extendió la mano, tomó una carta cualquiera y se la dio a Parodi. Éste la
miró y dijo:
—Sos un tigre. Ahora me vas a dar la sota de espadas.
Molinari sacó otra carta y se la entregó.
—Ahora el siete de bastos. Molinari le dio una carta.
—El ejercicio te ha cansado. Yo sacaré por vos la última carta, que es el rey de copas.
Tomó, casi con negligencia, una carta y la agregó a las tres anteriores. Después le dijo a
Molinari que las diera vuelta. Eran el rey de copas, el siete de bastos, la sota de espadas y el
cuatro de copas.
—No abrás tanto los ojos —dijo Parodi—. Entre todos esos naipes iguales hay uno
marcado; el primero que te pedí pero no el primero que me diste. Te pedí el cuatro de copas,
me diste la sota de espadas; te pedí la sota de espadas, me diste el siete de bastos; te pedí el
siete de bastos y me diste el rey de copas; dije que estabas cansado y que yo mismo iba a
sacar el cuarto naipe, el rey de copas. Saqué el cuatro de copas, que tiene estas pintitas negras.
»Abenjaldún hizo lo mismo. Te dijo que buscaras el druso número 1, vos le trajiste el
número 2; te dijo que trajeras el 2, vos le trajiste el 3; te dijo que trajeras el 3, vos le trajiste el
4; te dijo que iba a buscar el 4 y trajo el 1. El 1 era Ibrahim, su amigo íntimo. Abenjaldún
podía reconocerlo entre muchos... Esto les pasa a los que se meten con extranjeros. Vos
mismo me dijiste que los drusos son una gente muy cerrada. Decías bien, y el más cerrado de
todos era Abenjaldún, el decano de la colectividad. A los otros les bastaba desairar a un
criollo; él quiso tomarlo para risa. Te dijo que fueras un domingo y vos mismo me dijiste que
el viernes era el día de sus misas; para que estuvieras nervioso, te hizo tres días a puro té y
Almanaque Bristol; encima te hizo caminar no sé cuántas cuadras; te largó a una función de
drusos ensabanados y como si el miedo fuera poco para confundirte, inventó el asunto de las
figuras del almanaque. El hombre estaba de bromas; todavía no había revisado (ni revisaría
nunca) los libros de contabilidad de Izedín; de esos libros hablaban cuando vos entraste; vos
creíste que hablaban de novelitas y de versos. Quién sabe qué manejos había hecho el
tesorero; lo cierto es que mató a Abenjaldún y quemó la casa, para que nadie viera los libros.
Se despidió de ustedes, les dio la mano (cosa que no hacía nunca), para que dieran por
sentado que se había ido. Se escondió por ahí cerca, esperó que se fueran los otros, que ya
estaban hartos de la broma, y cuando vos, con la caña y la venda, estabas buscándolo a
Abenjaldún, volvió a la secretaría. Cuando volviste con el viejo, los dos se rieron de verte
caminando como un cieguito. Saliste a buscar un segundo druso; Abenjaldún te siguió para
que volvieras a encontrarlo y te hicieras cuatro viajes a puro golpe, trayendo siempre la
misma persona. El tesorero, entonces, le dio una puñalada en la espalda: vos oíste su grito.
Mientras volvías a la pieza, tanteando, Izedín huyó, prendió fuego a los libros. Luego, para
justificar que hubieran desaparecido los libros, prendió fuego a la casa.
Pujato, 27 de diciembre de 1941