negro. El resultado de mi operación fue negativo.
—Afirmo que las cartas no están en el chalet —dijo la espesa voz de Formento—. El 15 por
la mañana volví con un dato del
Campano Ilustrado,
que mi maestro requería para sus
investigaciones. Me ofrecí para un segundo registro de la casa. No encontré nada. Miento.
Descubrí algo valioso para el señor Anglada y para la República. Un tesoro que la distracción
del poeta arrumbara en el sótano: cuatrocientos noventa y siete ejemplares de la obra agotada
El carnet de un gaucho.
—Usted disculpará el fervor literario de mi discípulo —dijo rápidamente Carlos Anglada—.
Estos hallazgos eruditos no pueden interesar a un espíritu como el suyo, rápidamente
confinado en lo policial. He aquí el hecho: las cartas han desaparecido; en manos de una
persona inescrupulosa estas vibraciones de una gran dama, estos archivos de materia gris y
materia sentimental pueden ser una piedra de escándalo. Se trata de un documento humano
que une al impacto del estilo (modelado en rojo por el mío) la frágil intimidad de una mujer
de mundo.
Bref:
gran carnada para editores piratas y trasandinos.
2.
Una semana después, un largo Cadillac se detuvo en la calle Las Heras, ante la Penitenciaría
Nacional. Se abrió la portezuela. Un caballero, de saco gris, pantalón de fantasía, guantes
claros y bastón con empuñadura en cabeza de perro, descendió con una elegancia algo
surannée
y entró con paso firme, por los jardines.
El subcomisario Grondona lo recibió con servilismo. El caballero aceptó un habano de
Bahía y se dejó conducir a la celda 273. Don Isidro, en cuanto lo vio, ocultó un atado de
Sublimes bajo su birrete reglamentario, y dijo con dulzura:
—Pucha que la carne se vende bien en Avellaneda. Ese trabajo enflaquece a más de uno; a
usted lo engorda.
Touché,
mi querido Parodi,
touché.
Confieso mi
embonpoint.
La princesa me encarga que
le bese la mano —replicó Montenegro entre dos bocanadas azules—. También nuestro común
amigo Carlos Anglada (espíritu chispeante, si los hay, pero carente de la disciplina
mediterránea) lo recuerda. Lo recuerda demasiado,
inter nos.
Ayer no más irrumpió en mi
bufete. Bastaron dos portazos y una respiración casi asmática, para que el catador de fiso-
nomías descubriera en un abrir y cerrar de ojos que Carlos Anglada estaba nervioso.
Comprendí en seguida: la congestión del tráfico es adversa a la serenidad del espíritu. Usted,
más sabio, ha elegido bien: la reclusión, la vida metódica, la falta de excitantes. En el corazón
de la ciudad, su pequeño oasis parece de otro mundo. Nuestro amigo es más débil: basta una
quimera para aterrarlo. Francamente, lo creí de temple más recio. Al principio afrontó la
pérdida de las cartas con el estoicismo de un
clubman;
ayer he constatado que esa fachada no
era más que una máscara. El hombre ha sido herido,
blessé.
En mi bufete, ante un Maraschino
1934, entre el humo tonificante de los habanos, el hombre se despojó de todo antifaz.
Comprendo su alarma. La publicación del epistolario de Moncha sería un rudo golpe para
nuestra sociedad. Una mujer
hors concours,
mi querido amigo: belleza física, fortuna, linaje,
figuración: espíritu moderno en vaso de Murano. Carlos Anglada, lastimero, insiste en que la
publicación de esas cartas comportaría su ruina y la
besogne,
decididamente antihigiénica, de
ultimar a ese colérico Muñagorri en
un lance de honor. Con todo, mi estimable Parodi, le
ruego que no pierda su sangre fría. Ya he dado el primer paso: invité a Carlos Anglada y a
Formento a pasar unos días en la cabaña La Moncha, de Muñagorri.
Noblesse oblige:
reconozcamos que la obra de Muñagorri ha llevado el progreso a toda una zona del Pilar.
Usted debiera resolverse a examinar de cerca esa maravilla. Es una de las pocas estancias
donde el acervo nacional de la tradición se mantiene vivo y pujante. Pese a la intromisión del
dueño de casa, hombre tiránico y chapado a la antigua, ninguna nube empañará esa reunión de