II. La nacionalización: nuevas armas
El 13 de octubre de 1960 y en respuesta a nuevas agresiones norteamericanas el Gobierno Revo-
lucionario respondía con nuevas medidas. Mediante la Ley 890 de ese año se nacionalizaban las
empresas industriales y comerciales incluyendo los ingenios azucareros, que pasarían a ser diri-
gidas por el Departamento de Industrialización. El acuerdo del Consejo de Ministros sobre la nacio-
nalización se había tomado en horas de la madrugada. El Che me llamó telefónicamente desde el
Palacio Presidencial instruyéndome de parte del Primer Ministro que buscara los administradores
necesarios que debían hacerse cargo de las industrias al día siguiente. Esa fue la orden y había
que cumplirla sin el menor reparo. Una vez reunidos todos los compañeros que nos encontrábamos
trabajando en el Departamento, analizamos todas las variantes posibles para dar solución a la com-
pleja e imprevista tarea. Luego recibimos otra llamada telefónica con una decisión que resolvería el
problema. En aquellos momentos teníamos concentrados cerca de 200 jóvenes que estaban en
proceso de preparación acelerada para enviarlos a un lugar de la Sierra Maestra llamado Minas del
Frío donde pasaban un curso para maestros. Estos jóvenes estaban comprendidos entre las eda-
des de 15 a 20 años y en su mayoría tenían un nivel de escolaridad de sexto grado. Además de es-
tos jóvenes contábamos con una pequeña reserva de oficiales del Ejercito Rebelde que se estaban
formando para futuros administradores de fábricas. Su nivel escolar era similar al de los maestros
de Minas del Frío. La decisión de Fidel fue nombrarlos al frente de las nuevas fábricas y así nos lo
informó el Che inmediatamente. El nombramiento sería con carácter provisional, de tal forma que
tan pronto se encontraran los administradores definitivos, los jóvenes de Minas del Frío debían re-
gresar a su importante misión original. Fidel decidió reunirse con los maestros casi al amanecer del
mismo día de su nombramiento.
Pasadas cuatro décadas desde el triunfo de la Revolución, hemos acumulado innumerables recuer-
dos sobre hechos singulares que discurrieron en distintos escenarios de nuestro país. Ciertos acon-
tecimientos se nos presentan envueltos por imágenes imborrables para los que hemos vivido este
excepcional proceso histórico. Aquella reunión con los maestros voluntarios, en una madrugada lle-
na de algarabía, la recuerdo como una de las emociones más perdurables de aquellos primeros
años de revolución. Los rostros soñolientos de aquellos adolescentes, llenos de energía y entusias-
mo juvenil confirmaban el acierto de las medidas revolucionarias y la decisión de todos para cumplir
cualquier misión que se les encomendara en aquellos momentos. En la medida en que Fidel les ex-
plicaba las tareas que tenían que asumir y la firmeza y seguridad con que debían llevarlas a cabo,
los gritos de aprobación retumbaban en el amanecer. La expropiación masiva de cientos de indus-
trias, incluyendo los centrales azucareros, así como el nombramiento de aquellos adolescentes al
frente de ellas, constituyó, a nuestro entender, una de las decisiones más audaces por parte del
Gobierno Revolucionario en aquellos momentos y uno de los golpes más demoledores a las agre-
siones norteamericanas y a la reacción contrarrevolucionaria dentro del país. Si se hubiese espera-
do conservadoramente a tener administradores profesionales para ocupar las industrias, nadie po-
dría predecir cuál hubiera sido la reacción de los norteamericanos, que a no dudar fueron sorpren-
didos por las medidas revolucionarias aplicadas en respuesta a sus agresiones.
El encuentro con los nuevos administradores terminó con el tronido de los aplausos y la indicación
de estar listos a las nueve de la mañana del día siguiente para presentarse en el Departamento de
Industrialización a recibir sus nombramientos. Ese acto jurídico también tuvo sus excentricidades.
Al tratarse de cientos de administradores y contar tan sólo con cuatro o cinco horas para preparar
las resoluciones correspondientes, se optó por elaborar una "resolución tipo" dejando en blanco el
espacio para poner el nombre de la fábrica y del administrador en cuestión. La resolución original
fue reproducida por el anacrónico sistema de "ditto", y a la hora fijada, mediante acto formal, se fue-
ron llenando aquellos documentos; cada administrador, formado en "fila india", fue recibiendo su
nombramiento. Junto a la resolución mencionada y por acción conjunta del contador y los abogados
del Departamento, se preparó una escueta instrucción donde se especificaban las medidas funda-
mentales que debían tomarse al ocupar las industrias expropiadas. Entre esas medidas estaba el
ofrecer el trato más considerado y respetuoso posible a los dueños de las fábricas o a sus repre-