micas y sustentarlas en estudios y análisis basados en la más rigurosa planificación de las necesi-
dades y la disponibilidad de los escasos recursos con que contaba el país. La formulación presen-
tada por el Che resultaba muy clara: la planificación se convertía en una ley inmanente al propio ca-
rácter del socialismo y esto tenía que ser entendido tanto por los directores de las empresas como
por cada uno de los obreros que tenían que convertir en realidad el plan en cada centro de produc-
ción. Para entonces, prácticamente todos los medios de producción de la industria estaban en ma-
nos del pueblo, igualmente sucedía con los recursos financieros después de la nacionalización de
la banca y también con el comercio exterior. El comercio interior se había nacionalizado en un 50%
y la mitad de la tierra y su producción agropecuaria estaban en poder del Estado. O sea, que los re-
quisitos principales para la planificación económica estaban garantizados, pero el Che explicaba
que eso no era lo único que se requería para la elaboración del plan. Era necesario conocer la reali-
dad existente como punto de partida para fijarse los objetivos futuros y luego, por diferencia, calcu-
lar las posibilidades reales para cumplir con lo proyectado. De esta forma se estaría en condiciones
de orientar al pueblo acerca de los esfuerzos necesarios para asegurar el crecimiento económico,
satisfacer las necesidades sociales y, sobre todo, entender que el plan no podía ser sólo una obra
de la alta dirección del gobierno sino un esfuerzo conjunto, donde el papel decisivo lo desempeña-
ban los propios trabajadores.
El Che fijaba la gran responsabilidad de la Junta Central de Planificación a la hora de realizar los
cálculos centralizados de todas las necesidades, los cuales debían aparecer en la primera versión
del plan; y cómo luego se debían realizar los ajustes necesarios para balancear necesidades contra
recursos y volver a precisar las posibilidades reales de lo que se podía alcanzar como cifra planifi-
cada para un período determinado. En ese balance había que tener en cuenta las prioridades fija-
das en la política económica del gobierno. Señalaba algunas como ejemplo: la necesidad de asegu-
rar la producción agrícola como base alimentaría para la población, el desarrollo industrial hasta los
límites posibles, el desarrollo del sistema de transporte, la educación, la salud pública y otras. To-
das las cifras debían ser de conocimiento popular, admitiendo incluso que pudieran existir ciertos
errores de cálculo, pero al convertirse el plan en una obra común, cualquier error seria conocido y
explicable en un momento determinado.
En su explicación, dividía el calendario de elaboración del plan en tres partes: la primera, cuando se
discutían con los trabajadores las cifras iniciales y estos elevaban su contraproposición; la segunda,
cuando se hacían los ajustes en los organismos superiores y bajaban en forma de plan con las me-
tas a cumplir en los años venideros; y la tercera –no menos importante–, sería la etapa de control
del plan. Cumplidas las dos primeras etapas el plan se convertiría en ley de la nación y no podía
ser violada por nadie. Sobre esto último, el Che insistía:
Es decir, el plan no es un juego de niños, sobre el plan no se están haciendo discusiones de café,
sobre si se puede o no se puede obtener tal o cual producto en tal o cual maquinaría. Debe ser una
cosa muy discutida y muy seria, donde se ponga todo el entusiasmo revolucionario para producir lo
más que se pueda, pero al mismo tiempo toda la conciencia revolucionaria para no anunciar la pro-
ducción de lo que no se pueda alcanzar.
Esta es la primera parte: se ha elaborado el proyecto del plan, se ha aprobado y se ha convertido
en ley; ahora falta que cada uno demuestre en su puesto de trabajo que efectivamente es capaz de
hacer lo que se comprometió a hacer cuando firmó su parte del plan.
El Che también aclaraba que la aspiración de aquellos primeros años no era fijar condiciones fáci-
les de trabajo para los obreros. Eran años de sacrificio, y eso tenía que estar bien claro para todos.
Para alcanzar mejores condiciones había que sacrificarse; luego vendrían años más favorables
donde se podría pensar en reducir la jornada de trabajo, lograr más esparcimiento, más distraccio-
nes de tipo cultural hasta alcanzar una etapa donde el trabajador cumpliera su deber social con ma-
yor satisfacción al recibir los beneficios de su reconocido aporte al conjunto de la sociedad que es-