En la aldea la gente salía de las casas y entraba en ellas, saludándose, y llevaba
máscaras doradas, azules y rojas, máscaras de labios de plata y cejas de bronce,
máscaras serias o sonrientes, según el humor de sus dueños.
Los cuatro hombres, sudorosos luego de la larga caminata, se detuvieron y le
preguntaron a una niñita dónde estaba la casa del señor Iii.
- Ahí - dijo la niña con un movimiento de cabeza.
El capitán puso una rodilla en tierra, solemnemente, cuidadosamente, y miró el rostro
joven y dulce.
- Oye, niña, quiero decirte algo.
La sentó en su rodilla y tomó entre sus manazas las manos diminutas y morenas, como
si fuera a contarle un cuento de hadas preciso y minucioso.
- Bien, te voy a contar lo que pasa. Hace seis meses otro cohete vino a Marte. Traía a
un hombre llamado York y a su ayudante. No sabemos qué les pasó. Quizá se
destrozaron al descender. Vinieron en un cohete, como nosotros. Debes de haberlo visto.
¡Un gran cohete! Por lo tanto nosotros somos la Segunda Expedición. Y venimos
directamente de la Tierra...
La niña soltó distraídamente una mano y se ajustó a la cara una inexpresiva máscara
dorada. Luego sacó de un bolsillo una araña de oro y la dejó caer. El capitán seguía
hablando. La araña subió dócilmente a la rodilla de la niña, que la miraba sin expresión
por las hendiduras de la máscara. El capitán zarandeó suavemente a la niña y habló con
una voz más firme:
- Somos de la Tierra, ¿me crees?
- Sí - respondió la niña mientras observaba cómo los dedos de los pies se le hundían
en la arena.
- Muy bien. - El capitán le pellizcó un brazo, un poco porque estaba contento y un poco
porque quería que ella lo mirase. - Nosotros mismos hemos construido este cohete. ¿Lo
crees, no es cierto?
La niña se metió un dedo en la nariz.
- Sí - dijo.
- Y... Sácate el dedo de la nariz, niñita... Yo soy el capitán y...
- Nadie hasta hoy cruzó el espacio en un cohete - recitó la criatura con los ojos
cerrados.
- ¡Maravilloso! ¿Cómo lo sabes?
- Oh, telepatía... - respondió la niña limpiándose distraídamente el dedo en una pierna.
- Y bien, ¿eso no te asombra? - gritó el capitán -. ¿No estás contenta?
- Será mejor que vayan a ver en seguida al señor Iii - dijo la niña, y dejó caer su juguete
-. Al señor lii le gustará mucho hablar con ustedes.
La niña se alejó. La araña echó a correr obedientemente detrás de ella.
El capitán, en cuclillas, se quedó mirándola, con las manos extendidas, la boca abierta
y los ojos húmedos.
Los otros tres hombres, de pie sobre sus sombras, escupieron en la calle de piedra.
El señor Iii abrió la puerta. Salía en ese momento para una conferencia, pero podía
concederles unos instantes si se decidían a entrar y le informaban brevemente del objeto
de la visita.
- Un minuto de atención - dijo el capitán, cansado, con los ojos enrojecidos -. Venimos
de la Tierra, en un cohete; somos cuatro: tripulación y capitán; estamos exhaustos,
hambrientos, y quisiéramos encontrar un sitio para dormir. Nos gustaría que nos dieran la
llave de la ciudad, o algo parecido, y que alguien nos estrechara la mano y nos dijera:
«¡Bravo!» y «¡Enhorabuena, amigos!» Eso es todo.
El señor lii era alto, vaporoso, delgado, y llevaba unas gafas de gruesos cristales
azules sobre los ojos amarillos. Se inclinó sobre el escritorio y se puso a estudiar unos
papeles. De cuando en cuando alzaba la vista y observaba con atención a sus visitantes.