muchos de ellos esperaban quizá que las otras expediciones hubieran fracasado y que
ésta, la cuarta, fuese la primera. No eran malintencionados, y sin embargo lo pensaban.
Allí, de pie, pensaban en la fama y el honor, mientras los pulmones se les iban
acostumbrando a la atmósfera enrarecida, casi intoxicante cuando uno se movía con
demasiada rapidez.
Gibbs se acercó a la hoguera recién encendida.
- ¿Por qué no utilizamos el fuego químico de la nave en lugar de esa leña?
- ¿Qué más da? - respondió Spender sin alzar la mirada.
No estaría bien hacer ruido, en esa primera noche de Marte, introducir un aparato
extraño, brillante y tonto como una estufa Sería una suerte de blasfemia importada. Ya
habría tiempo para eso; ya habría tiempo para tirar latas de leche condensada a los
nobles canales marcianos; ya habría tiempo para que las hojas del New York Times
volaran arrastrándose por los solitarios y grises fondos de los mares de Marte; ya habría
tiempo para dejar pieles de plátano y papeles grasientos en las estriadas, delicadas ruinas
de las ciudades de este antiguo valle. Habría tiempo de sobra para eso. Y Spender se
estremeció por dentro al pensarlo.
Alimentó la hoguera moviendo las manos sobre ella como en una ofrenda a un gigante
muerto. Habían descendido en la inmensa tumba de una civilización desaparecida. El más
simple respeto exigía que pasaran en silencio esa primera noche.
- Esto no es mi idea de una fiesta. - Gibbs se volvió hacia el capitán Wilder -. Capitán,
creo que podríamos repartir nuestras raciones de ginebra y carne y animarnos un poco.
El capitán Wilder volvió los ojos hacia una ciudad muerta a casi dos kilómetros de
distancia.
- Todos estamos cansados - dijo con aire ausente, como si estuviese pensando en la
ciudad y hubiera olvidado a los tripulantes -. Tal vez mañana por la noche. Hoy podemos
estar satisfechos de haber recorrido todo ese espacio sin que algún meteoro atravesara
las mamparas y sin perder un solo hombre.
Los tripulantes caminaban de aquí para allá. Eran veinte; apoyaban un brazo sobre el
hombro de algún otro o se ajustaban los cinturones. Spender los observaba. No estaban
contentos; habían arriesgado sus vidas en una gran aventura, y ahora querían
emborracharse y gritar, disparar sus armas de fuego y mostrar así qué hombres
admirables eran, hombres que habían abierto un agujero en el espacio y habían venido a
Marte montados todo el tiempo en un cohete.
Pero nadie gritaba.
El capitán dio una orden en voz baja. Uno de los hombres corrió a la nave y volvió con
unas latas de comida que se abrieron y Sirvieron sin mucho ruido. Los hombres de la
tripulación comenzaron a hablar. El capitán se sentó en el suelo y contó para ellos la larga
travesía. Ya lo sabían todo, pero era agradable oírlo ahora como algo superado y
felizmente concluido. No querían hablar del viaje de vuelta. Cuando alguien lo nombró, los
demás le dijeron que se callara. Las cucharas se movían al doble claro de luna; la comida
sabía bien y el vino todavía mejor.
Hubo una pincelada de fuego en el cielo nocturno y un instante después el cohete
auxiliar descendió más allá del campamento Spender observó cómo se abría la
portezuela, y cómo Hathaway, el médico-geólogo (todos los tripulantes tenían dos
especialidades, para ganar espacio en el cohete), salía y se acercaba lentamente al
capitán.
- ¿Y bien? - dijo el capitán Wilder.
Hathaway clavó la mirada en las ciudades que centelleaban a lo lejos de la luz de las
estrellas.
- Esa ciudad de ahí, capitán, está muerta y ha estado muerta durante muchos miles de
años. Lo mismo se aplica a esas otras tres también en las colinas. Pero una quinta
ciudad, señor, a tres cientos kilómetros de aquí...