«Tengo que cumplir mi parte - se dijo -. No puedo abandonarlo. Si se reconocía en mí,
y por eso no pudo matarme, qué tarea difícil me espera. Así es, sí, así es. Soy Spender
ahora. Sin embargo, yo pienso antes de abrir fuego. No mato. Trato de entenderme con la
gente. No pudo matarme porque yo era él mismo, aunque con ciertas diferencias.»
El capitán sintió el calor del sol en la nuca. Se oyó decir a sí mismo:
- Si por lo menos hubiera hablado conmigo antes de matar.. Habríamos encontrado una
solución.
- ¿Qué solución? - preguntó Parkhill -. No hay solución posible con esa gente.
El zumbido del calor cubría la tierra, salía de las rocas, bajaba del cielo.
- Tiene razón - dijo el capitán -. Tal vez Spender y yo hubiéramos podido entendernos.
Pero Spender y usted y todos los demás, no, nunca. Es mejor que haya muerto. Pásenme
esa cantimplora.
El mismo capitán sugirió el sarcófago vacío. Habían encontrado Un antiguo cementerio
marciano. Pusieron a Spender en el cajón de plata, con ceras y vinos de diez mil años de
antigüedad, y le cruzaron las manos sobre el pecho. Lo último que vieron de él fue un
rostro tranquilo.
Permanecieron un momento en la antigua cripta.
- Creo que sería bueno para ustedes que pensaran en Spender de vez en cuando - dijo
el capitán.
Salieron de la cripta y cerraron la puerta de mármol.
A la tarde siguiente, Parkhill se dedicó a hacer ejercicios de tiro al blanco en una de las
ciudades muertas, rompiendo los cristales de las ventanas y volando las puntas de las
frágiles torres.
El capitán lo sorprendió y le hizo saltar los dientes de un puñetazo.
LOS COLONIZADORES
Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o
desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los
Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaban mujeres odiosas,
trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir
algo; para desenterrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos,
con sueños nobles o sin sueños. El dedo del gobierno señalaba desde letreros a cuatro
colores, en innumerables ciudades: HAY TRABAJO PARA USTED EN EL CIELO. ¡VISITE
MARTE! Y los hombres se lanzaban al espacio. Al principio sólo unos pocos, unas
docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes que el cohete dejara la Tierra.
Y a esta enfermedad la llamaban la soledad, porque cuando uno ve que su casa se
reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego
desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay
ciudades, que uno no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada
familiar, sólo otros hombres extraños. Y cuando los estados de Illinois, lowa, Missouri o
Montana desaparecen en un mar de nubes, y más aún, cuando los Estados Unidos son
sólo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a
lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del
espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.
No era raro, por lo tanto, que los primeros hombres fueran pocos. Crecieron y crecieron
en número hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números
eran alentadores.
Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.