- Se sentirá bien en seguida - dijo el médico.
- ¿Qué me ha pasado?
- El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a
la Tierra.
- ¡No!
Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces
debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo
vacío.
- Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!
Le dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire -
pensaba -. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y
colinas marcianos. y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles,
ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera
hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y
en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un
árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía
del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina
ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso,
las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le
impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí
estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin
habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes
mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces?
Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie
porque los helechos, las flores, los arbustos Y los árboles viejos habían muerto de
cansancio.
- ¡Permítanme levantarme! - gritó -. ¡Quiero ver al coordinador!
Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana.
Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los
alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos
jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
- Entretanto, ésta será su tarea - dijo el coordinador -. Le entregaremos todas nuestras
semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas
primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no
contarán con muchas simpatías.
- ¿Pero me dejarán trabajar?
Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a
este valle solitario, y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera
sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco
probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro
semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos
adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera
ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.
Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre
las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió
alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iba empapando, y pensó en
la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir
en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de
larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos
golpes que le sacudirían los huesos.