Abrió la mano. En la mano se veía una rosa recién cortada, con unas gotas de agua
cristalina entre los suaves pétalos rojizos. Extendí la mano para tocarla, pero era sólo una
ilustración.
En cuanto al resto, no sé cómo pude quedarme quieto y mirar. El hombre ilustrado era
una acumulación de cohetes, y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta
minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que
habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban,
los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados.
Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas,
extendidos por el pecho del hombre ilustrado como una vía láctea. Las gentes se dividían
en veinte o más grupos, instalados en los brazos, los hombros, las espaldas, los
costados, las muñecas y la parte alta del vientre. Se los veía en bosques de vello,
escondidos en una constelación de pecas, o hundidos en las cavernas de las axilas, con
ojos resplandecientes como diamantes. Cada grupo parecía dedicado a su propia
actividad; cada grupo era toda una galería de retratos.
-¡Oh! ¡Son hermosas! -exclamé.
¿Cómo podría describir las ilustraciones? Si en lo mejor de su carrera el Greco hubiese
pintado miniaturas, no mayores que tu mano, infinitamente detalladas, con sus colores
sulfurosos y sus deformaciones, quizá hubiera utilizado para su arte el cuerpo de este
hombre. Los colores ardían en tres dimensiones. Eran como ventanas abiertas a mundos
luminosos. Aquí, reunidas en un muro, estaban las más hermosas escenas del universo.
El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era ésta la obra de esos ordinarios
tatuadores de feria que trabajan con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el
trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.
-Ah, si -dijo el hombre ilustrado-, mis ilustraciones. Me siento tan orgulloso de ellas que
me gustaría destruirlas. He probado con papel de lija, con ácidos, con un cuchillo...
El sol se ponía. La luna se levantaba ya por el este.
-Pues estas ilustraciones -afirmó el hombre-, predicen el futuro.
No dije nada.
-Todo está bien a la luz del sol -continuó-. Puedo emplearme entonces en una feria.
Pero de noche... Las pinturas se mueven. Las imágenes cambian.
Creo que sonreí.
-¿Desde cuándo está usted ilustrado?
-Desde el año 1900. Yo tenía entonces veinte años y trabajaba en un parque de
diversiones. Me rompí una pierna. No podía moverme. Tenía que hacer algo para no
perder el empleo, y entonces decidí tatuarme.
-Pero ¿quién lo tatuó? ¿Qué pasó con el artista?
-La mujer volvió al futuro -dijo el hombre-. Así es. Vivía en una casita en el interior de
Wisconsin, no muy lejos de aquí. Una vieja bruja que en un momento parecía tener cien
años y poco después no más de veinte. Me dijo que ella podía viajar por el tiempo. Yo me
reí. Pero ahora sé que decía la verdad.
-¿Cómo la conoció?
El hombre ilustrado me lo dijo. Había visto el letrero al lado del camino.
¡ILUSTRACIONES EN LA PIEL! ¡Ilustraciones, y no tatuajes! ¡Ilustraciones artísticas! Y
allí había estado, toda la noche, mientras las mágicas agujas lo mordían y picaban como
avispas y abejas delicadas. A la mañana parecía un hombre que hubiese caído bajo una
prensa multicolor: tenía el cuerpo brillante y cubierto de figuras.
-He buscado a esa bruja todos los veranos, durante casi medio siglo -dijo el hombre
extendiendo los brazos-. Cuando la encuentre, la mataré.
El sol se había ido. Brillaban ya las primeras estrellas y la luna iluminaba los pastos y
las espigas. Las imágenes del hombre ilustrado resplandecían en la sombra como