carbones encendidos, como esmeraldas y rubíes con los colores de Rouault y de Picasso,
y los cuerpos enjutos y alargados del Greco.
-Cuando las imágenes empiezan a moverse, me despiden. Ocurren cosas terribles en
mis ilustraciones. Cada una es un cuento. Si usted las mira atentamente unos pocos
minutos, le contarán una historia. Si las mira tres horas, las narraciones serán treinta o
cuarenta, y usted oirá voces, y pensamientos. Todo está aquí, en mi piel; no hay más que
mirar. Pero sobre todo, hay cierto lugar de mi espalda... -El hombre ilustrado se volvió-.
¿Ve? Sobre mi omóplato derecho no hay ningún dibujo. Sólo una mancha de color.
-Si.
-Cuando he estado con alguien un rato, ese omóplato se cubre de sombras, y se
convierte en un dibujo. Si estoy con una mujer, al cabo de una hora su rostro aparece ahí,
en mi espalda, y ella ve toda su vida... cómo vivirá y cómo morirá, qué parecerá cuando
tenga sesenta anos. Y si me encuentro con un hombre, una hora después su retrato
aparece también en mi espalda. Y el hombre se ve a si mismo cayendo en un precipicio, o
aplastado por un tren... Entonces me despiden.
El hombre hablaba y al mismo tiempo movía las manos sobre las ilustraciones, como
para ajustar los marcos y sacarles el polvo, con los ademanes de un conocedor, de un
aficionado al arte. Al fin se tendió de espaldas, a la luz de la luna. Era una noche calurosa,
serena y sofocante. Nos habíamos sacado la camisa.
-¿Y nunca encontró a la vieja?
-Nunca.
-¿Y cree usted que venía del futuro?
-¿Cómo, si no, podría conocer estas historias que me pintó sobre la piel?
El hombre, fatigado, cerro los ojos.
-A veces, de noche -dijo débilmente-, siento las figuras. como hormigas sobre la piel.
Sé lo que pasa entonces y lo que tiene que pasar. Yo nunca las miro. Trato de olvidarme.
No debemos mirarlas. No las mire usted tampoco, se lo advierto. Vuélvame la espalda
cuando se vaya a dormir.
Yo estaba acostado no muy lejos. El hombre no tenía, aparentemente, un carácter
violento, y las ilustraciones eran tan hermosas... Yo me hubiese ido lejos de toda esa
charla. Pero las ilustraciones... Dejé que los ojos se me llenaran de imágenes. Con esos
cuadros sobre el cuerpo, cualquiera podía perder la cabeza.
La noche era serena. Yo podía oír la respiración del hombre ilustrado, bañado por la
luna. Los grillos cantaban dulcemente en las hondonadas lejanas. Me puse de costado
para ver mejor las ilustraciones. Pasó, quizá, una media hora. Yo no sabía si el hombre
ilustrado se había dormido, pero de pronto lo oí respirar:
-Se mueven, ¿no es cierto?
Esperé un minuto. Y luego dije:
-Sí.
Las imágenes se movían, Una por vez, uno o dos minutos. Allí, a la luz de la luna, con
el menudo tintineo de los pensamientos y las voces distantes como voces del mar, se
desarrollaron los dramas. No sé si esos dramas duraron una hora o dos. Sólo sé que me
quedé allí, inmóvil, fascinado, mientras las estrellas giraban en el cielo.
Dieciocho ilustraciones, dieciocho cuentos. los conté uno a uno.
Primero, mis ojos se posaron en una escena, una casa grande con dos personas. Vi
unos buitres que volaban en un cielo rosado y ardiente. Vi leones amarillos, y oí voces.
La primera ilustración tembló y se animó.
LA PRADERA