Y entonces oyeron los sonidos.
Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana,
olisqueando y rugiendo.
Los leones.
George Hadley miró a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las
fieras que avanzaban lentamente, encogiéndose, con el rabo tieso.
George Hadley y su mujer gritaron.
Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les
habían sonado tan conocidos.
5
-Muy bien, aquí estoy -dijo David McClean a la puerta del cuarto de jugar-. Oh, hola -
miró fijamente a los niños, que estaban sentados en el centro del claro merendando. Más
allá de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador.
Empezó a sudar-. ¿Dónde están vuestros padres?
Los niños alzaron la vista y sonrieron.
-Oh, estarán aquí enseguida.
-Bien, porque nos tenemos que ir -a lo lejos, McClean distinguió a los leones
peleándose. Luego vio cómo se tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la
sombra de los árboles.
Lo observó con la mano encima de los ojos entrecerrados.
Ahora los leones habían terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.
Una sombra parpadeó por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon
muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.
-¿Una taza de té? -preguntó Wendy en medio del silencio.
* * *
El hombre ilustrado se movía en sueños. Se volvía a un lado y a otro, y con cada
movimiento una escena nueva comenzaba a animarse, y le coloreaba la espalda, el
brazo, la muñeca. El hombre ilustrado alzó una mano sobre la oscura hierba de la noche.
Los dedos se abrieron y allí, en su palma, otra ilustración nació a la vida. El hombre
ilustrado se volvió hacia mí y allí en su pecho había un espacio vacío, negro y estrellado,
profundo, y algo se movía entre esas mismas estrellas, algo que caía en la oscuridad, que
caía, mientras yo lo miraba...
CALIDOSCOPIO
El primer impacto rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres
fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se
diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos,
proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.
-Barkley, Barkley, ¿dónde estás?
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.
-¡Woode, Woode!
-¡Capitán!
-Hollis, Hollis, aquí Stone.
-Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?