-¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo... Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se
diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de
hombres eran sólo voces.
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y
resignación.
-Nos alejamos unos de otros.
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo
aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo.
Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras
las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con
ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado,
habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de
hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a
sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e
inevitables.
Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus
voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro,
cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.
-Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?
-Depende de tu velocidad y la mía.
-Una hora, supongo.
-Algo así -dijo Hollis, pensativo y tranquilo.
-¿Qué sucedió? -preguntó Hollis al cabo de un minuto.
-El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?
-¿Hacia dónde caes?
-Creo que me estrellaré en el Sol.
-Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, Arderé
como una cerilla.
Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su
cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había
visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.
Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a
caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había
orden o plan que pudiera arreglarlo todo.
-¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! -exclamó una voz. ¡No quiero
morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!
-¿Quién habla?
-No lo sé.
-Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?
-Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!
-Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?
Una pausa. Seguían separándose unos de otros.
-¿Stimson?
-Sí -replicó por fin.
-Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.
-No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.
-Hay una posibilidad de que nos encuentren.
-Si, sí, seguro -dijo Stimson-. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.
-Es una pesadilla -dijo alguien.
-¡Cállate! -ordenó Hollis.