-Ven y hazme callar -contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin
histeria-. Ven y hazme callar.
Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel
momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado
muchos años para poder hacerlo..., y ahora era demasiado tarde. Applegate era
únicamente una voz radiofónica.
¡Y seguían cayendo y cayendo!
Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el
horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de
él, chillando y chillando.
-¡Basta!
El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría.
Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de
acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.
Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se
agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y
se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.
«Da lo mismo -pensó Hollis-. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente.
¿Por qué no ahora?»
Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se
apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.
Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino
de un terror silencioso.
-Hollis, ¿sigues ahí?
Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.
-Aquí Applegate otra vez.
-¿Qué hay, Applegate?
-Hablemos. No podemos hacer otra cosa.
El capitán intervino.
-Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.
-Capitán, ¿por qué no se calla?
-¿Qué?
-Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince
mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es
interminable.
-¡Compórtese, Applegate!
-No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su
nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.
-¡Le ordeno que se calle!
-Adelante, vuelva a ordenarlo. -Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El
capitán no dijo nada más-. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí ya recuerdo. También te
odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.
Hollis, desesperado, cerró los puños.
-Quiero confesarte algo -prosiguió Applegate-. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que
votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.
Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano
izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El
oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la
altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del
suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel
momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre,