que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el
nudo, hasta convertirlo en un torniquete.
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros
hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de si mujer de Marte, de
su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus
borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían.
Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.
¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su
centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando
de emocionar a otros hombres.
-¿Estás enfadado, Hollis?
-No.
Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para
siempre hacia ninguna parte.
-Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre
quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí
también.
-No tiene importancia.
Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso
resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan
en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro
desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso... El resplandor se apaga y se
hace la oscuridad.
Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por
ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros
de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él,
que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan
abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?
Uno de los otros hombros estaba hablando.
-Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas
tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y
hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.
«Pero ahora estás aquí -pensó Hollis-. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti,
Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban
y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero,
por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó
todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber
sucedido nunca.»
Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:
-¡Todo ha terminado, Lespere!
Silencio.
-¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!
-¿Quién habla? -preguntó Lespere temblorosamente.
-Soy Hollis.
Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte.
Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían
herido.
-Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no
es cierto?
-No.
-Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la
mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?