-Todo el mundo habla así. Todo el mundo ha pensado en este día, creyendo que nunca
iba a llegar. Todos pensábamos: «¿Qué pasará el día que un hombre blanco venga a
Marte?» Pues bien, el día ha llegado, y ya no podemos retroceder.
-¿No vamos a dejar que los blancos vivan aquí en Marte?
-Sí, seguro. -Willie sonrió, pero con una ancha sonrisa de maldad. Había furia en sus
ojos-. Pueden venir y trabajar aquí. ¿Por qué no? Pero para merecerlo tendrán que vivir
en los barrios bajos, y lustrarnos los zapatos, y barrernos los pisos, y sentarse en la última
fila de butacas. Sólo eso les pedimos. Y una vez por semana colgaremos a uno o dos.
Nada más.
-No hablas como un ser humano, y no me gusta.
-Tendrás que acostumbrarte -dijo Willie. Se detuvo frente a la casa y saltó fuera del
coche-. Voy a buscar mis armas y un trozo de cuerda. Respetaremos el reglamento.
-¡Oh, Willie! -gimió la mujer, y allí se quedó, sentada en el coche, mientras su marido
subía de prisa las escaleras y entraba en la casa dando un portazo.
Al fin Hattie siguió a su marido. No quería seguirlo, pero allá estaba Willie, agitándose
en la buhardilla, maldiciendo como un loco, buscando las cuatro armas. Hattie veía el
salvaje metal de los caños que brillaba en la oscura bohardilla, pero no podía ver a Willie.
¡Era tan negro! Sólo oía sus juramentos. Al fin las piernas de Willie aparecieron en la
escalera, envueltas en una nube de polvo. Willie amontonó los cartuchos de cápsulas
amarillas, y sopló en los cargadores, y metió en ellos las balas, con un rostro serio y
grave, como ocultando una amargura interior.
-Déjennos solos -murmuraba, abriendo mecánicamente los brazos-. Déjennos solos.
¿Por qué no nos dejan?
-Willie, Willie.
-Tú también... tú también.
Y Willie miró a su mujer con la misma mirada, y Hattie se sintió tocada por todo ese
odio. A través de la ventana se veía a los niños que hablaban entre ellos.
-Blanco como la leche, dijo Ma. Blanco como la leche.
-Blanco como esta flor vieja, ¿ves?
-Blanco como una piedra como la tiza del colegio.
Willie salió de la casa.
-Chicos, adentro. Os encerraré. No habrá hombre blanco para vosotros. No hablaréis
de él. Nada.
-Pero, papá
El hombre los empujó al interior de la casa, y fue a buscar una lata de pintura y un
pincel, y sacó del garaje una cuerda peluda y gruesa, en la que hizo un nudo corredizo,
con manos torpes, mientras examinaba cuidadosamente el cielo.
Y luego se metieron en el coche, y se alejaron sembrando a lo largo de la carretera
unas apretadas nubes de polvo.
-Despacio, Willie.
-No es tiempo de ir despacio -dijo Willie-. Es tiempo de ir de prisa, y yo tengo prisa.
Las gentes miraban el cielo desde los bordes del camino, o subidas a los coches, o
llevadas por los coches, y las armas asomaban como telescopios orientados hacia los
males de un mundo en agonía.
Hattie miró las armas.
-Has estado hablando -dijo acusando a su marido.
-Sí, eso he hecho -gruñó Willie, y observó orgullosamente el camino-. Me detuve en
todas las casas, y les dije que debían hacer: sacar las armas, buscar la pintura, traer las
cuerdas, y estar preparados. Y aquí estamos ahora: el comité de bienvenida, para
entregarles las llaves de la ciudad. ¡Sí, señor!