La mujer juntó las manos delgadas y oscuras, como para rechazar el terror que estaba
invadiéndola.
El coche saltaba y se sacudía entre los otros coches.
Hattie oía las voces que gritaban:
-¡Eh, Willie! ¡Mira! -y veía pasar rápidamente las manos que alzaban las cuerdas y las
armas, y las bocas que sonreían.
-Hemos llegado -dijo Willie, y detuvo el automóvil en el polvo y el silencio. Abrió la
puerta de un puntapié, salió cargado con sus armas, y se metió en los campos del
aeródromo.
-¿Lo has pensado, Willie?
-No he hecho otra cosa en veinte años. Tenía dieciséis años cuando dejé la Tierra. Y
muy contento.
No había nada allí para mí, ni para ti, ni para ninguno de nosotros. Jamás me he
arrepentido. Aquí vivimos en paz. Por primera vez respiramos a gusto. Vamos, adelante.
Willie se abrió paso entre la oscura multitud que venía a su encuentro.
-Willie, Willie, ¿qué vamos a hacer? -decían los hombres.
-Aquí tienen un fusil -les dijo Willie-. Aquí otro fusil. Y otro. -Les entregaba las armas
con bruscos movimientos-. Aquí tienen. Una pistola. Un rifle.
La gente estaba tan apretada que semejaba un solo cuerpo oscuro, con mil brazos
extendidos hacia las armas.
-Willie, Willie.
Hattie, erguida y silenciosa, apretaba los labios, con los grandes ojos trágicos y
húmedos.
-Trae la pintura -le dijo Willie.
Y la mujer cruzó el campo con una lata de pintura, hasta el lugar donde en ese
momento se detenía un ómnibus con un letrero recién pintado en el frente: A LA PISTA
DE ATERRIZAJE DEL HOMBRE BLANCO. El ómnibus traía un grupo de gente armada
que salió de un salto y corrió trastabillando por el aeródromo, con los ojos fijos en el cielo.
Mujeres con canastas de comida; hombres con sombreros de paja, en mangas de camisa.
El ómnibus se quedó allí, vacío, zumbando.
Willie se meció en el coche, instaló las latas, las abrió, revolvió la pintura, probó un
pincel, y se subió a un asiento.
-¡Eh, oiga! -El conductor se acercó por detrás, con su tintineante cambiador de
monedas-. ¿Qué hace? ¡Fuera de aquí!
-Vas a ver lo que hago. Espera un poco.
Y Willie mojó el pincel en la pintura amarilla. Pintó una B y una L y una A y una N y una
C y una O y una S con una minuciosa y terrible aplicación. Y cuando Willie terminó su
trabajo, el conductor arrugó los párpados y leyó: BLANCOS: ASIENTOS DE ATRÁS. Leyó
otra vez: BLANCOS. Guiñó un ojo. ASIENTOS DE ATRÁS. El conductor miró a Willie y
sonrió.
-¿Te gusta? -le preguntó Willie descendiendo.
Y el conductor respondió:
-Mucho, señor. Me gusta mucho.
Hattie miraba el letrero desde afuera, con las manos apretadas contra el pecho.
Willie volvió a reunirse con la multitud. Esta aumentaba con cada coche que se detenía
gruñendo, y con cada ómnibus que llegaba tambaleándose desde el pueblo cercano.
Willie se subió a un cajón.
-Nombremos a unos delegados para que pinten todos los ómnibus en la hora próxima.
¿Hay voluntarios?
Las manos se alzaron.
-¡Adelante!
Los hombres se fueron a pintar.