-Nombremos a unos delegados para separar con cuerdas los asientos de los cines. Las
dos últimas filas para los blancos.
Más manos.
-¡Adelante!
Los hombres corrieron.
Willie miró a su alrededor, transpirado, fatigado por el esfuerzo, orgulloso de su
energía, con la mano en el hombro de su mujer. Hattie miraba el suelo con los ojos bajos.
-Veamos -anunció Willie-. Ah, sí. Tenemos que votar una ley esta misma tarde. ¡Se
prohíben los matrimonios entre razas de distinto color!
-Eso es -dijeron algunos.
-Todos los lustrabotas dejan hoy su empleo.
-¡Ahora mismo!
Algunos de los hombres arrojaron al suelo unos trapos que habían traído del pueblo,
aturdidos por la excitación.
-Votaremos una ley sobre salarios mínimos, ¿no es cierto?
-¡Seguro!
-Se les pagará, por lo menos, diez centavos por hora.
-¡Eso es!
El alcalde de la ciudad se acercó corriendo.
-Oye, Willie Johnson. ¡Bájate de ese cajón!
-Alcalde, nada podrá sacarme de aquí.
-Estás provocando un tumulto, Willie Johnson.
-Justo.
-Cuando eras chico, odiabas todo esto. No eres mejor que esos blancos que ahora
atacas.
-Las cosas han cambiado, alcalde -dijo Willie, desviando la vista y mirando los rostros
que se extendían ante él: algunos sonrientes, otros titubeantes, otros asombrados, y otros
que se alejaban disgustados y temerosos.
-Te arrepentirás, Willie -dijo el alcalde.
-Haremos una elección y tendremos otro alcalde -dijo Willie, y volvió los ojos hacia el
pueblo, donde, calles abajo y calles arriba, se colgaban unos letreros recién pintados: EL
ESTABLECIMIENTO SE RESERVA EL DERECHO DE NO ACEPTAR A ALGÚN
CLIENTE. Willie mostró los dientes y golpeó las manos. ¡Señor!
Y se detuvo a los ómnibus y se pintaron de blanco los últimos asientos, como para
sugerir quiénes serían los futuros ocupantes. Y unos hombres alegres invadieron los
teatros y tendieron unas cuerdas, mientras sus mujeres los miraban desde las aceras, sin
saber qué hacer. Y algunos encerraron a sus niños en las casas, para apartarlos de esas
horas terribles.
-¿Todos listos? -preguntó Willie Johnson, alzando una soga bien anudada.
-¡Listos! -gritó media multitud. La otra mitad murmuró y se movió como figuras de una
pesadilla de la que deseaban huir.
-¡Ahí viene! -dijo un niño.
Como cabezas de títeres, movidas por una sola cuerda, las cabezas de la multitud se
volvieron hacia arriba.
En lo más alto del cielo, un hermoso cohete lanzaba un ardiente penacho anaranjado.
El cohete describió un círculo amplio y descendió, y todos lo miraron con la boca abierta.
El campo ardió, aquí y allá, y luego el fuego se fue apagando. El cohete inmóvil descansó
unos instantes. Y al fin, mientras la multitud esperaba en silencio, en un costado de la
nave se abrió una puerta y dejó escapar una bocanada de oxígeno. Un hombre viejo
apareció en el umbral.
-Un blanco, un blanco, un blanco...