Las palabras corrieron por la expectante multitud. Los niños se hablaron al oído,
empujándose suavemente; las palabras retrocedieron en ondas hasta los últimos hombres
y hasta los ómnibus bañados por la luz y golpeados por el viento. De las abiertas
ventanillas salía un olor a pintura fresca. El murmullo se alejó lentamente, y al fin dejó de
oírse.
Nadie se movió.
El hombre blanco era alto y esbelto, pero llevaba en el rostro las huellas de un profundo
cansancio. No se había afeitado ese día, y sus ojos eran tan viejos como pueden serlo los
ojos de un hombre todavía vivo. Eran ojos incoloros, casi blancos. Las cosas que había
visto en su vida habían destruido la mirada. El hombre era delgado como un arbusto en
invierno. Le temblaban las manos, y mientras miraba a la multitud buscó apoyo en los
quicios de la puerta.
El hombre blanco sonrió débilmente, y extendió una mano, y la dejó caer.
Nadie se movió.
El hombre observó atentamente los rostros, y quizá vio, sin verlos, los fusiles y las
cuerdas, y quizá olió la pintura. Nadie llegó a preguntárselo. El hombre blanco comenzó a
hablar. Comenzó lentamente, dulcemente, como si no esperase ninguna interrupción.
Nadie lo interrumpió Su voz era una voz fatigada, vieja y uniforme.
-No importa quién soy -les dijo-. De todos modos, no sería más que un nombre para
vosotros. Yo tampoco sé vuestros nombres. Eso vendrá más tarde. -Se detuvo, cerró los
ojos un momento, y luego continuó-: Hace veinte años dejasteis la Tierra. Han sido años
tan largos, tan largos... Pasaron tantas cosas... Son más de veinte siglos. Cuando os
fuisteis estalló la guerra. -El hombre asintió con un lento movimiento de cabeza-. Sí, la
gran guerra, la tercera. Duró mucho. Hasta el año pasado. Bombardeamos todas las
ciudades. Destruimos Nueva York y Londres, y Moscú, y París, y Shanghai, y Bombay, y
Alejandría. Lo arruinamos todo. Y cuando terminamos con las grandes ciudades, nos
volvimos hacia las más pequeñas, y lanzamos sobre ellas nuestras bombas atómicas...
Y el hombre nombró ciudades y lugares y calles.
Y mientras los nombraba un murmullo se elevó de la multitud.
-Destruimos Natchez...
Un murmullo.
-Y Columbus, Georgia...
Otro murmullo.
-Quemamos Nueva Orleans...
Un suspiro.
-Y Atlanta...
Un nuevo suspiro.
-Y no quedó nada de Greenwater, Alabama.
Willie Johnson alzó la cabeza y abrió la boca. Hattie vio el gesto de Willie y los
recuerdos que le venían a los ojos.
-No quedó nada -dijo el viejo, hablando lentamente-. Ardieron los algodonales.
-¡Oh! -dijeron todos.
-Los molinos de algodón cayeron bajo las bombas...
-¡Oh!
-Y las fábricas, radiactivas; todo radiactivo. Los caminos y las granjas y los alimentos,
radiactivos. Todo.
El hombre nombró otras ciudades y pueblos.
-Tampa.
-Mi pueblo -dijo alguien.
-Fulton.
-El mío -murmuró otro.
-Memphis.