Una voz indignada:
-¿Memphis? ¿Quemaron Memphis?
-Memphis saltó en pedazos.
-¿La calle Cuatro de Memphis?
-Toda la ciudad -dijo el viejo.
La multitud comenzó a agitarse. Una ola los llevaba al pasado. Veinte años. Los
pueblos y las plazas, los árboles y los edificios de ladrillo, los carteles y las iglesias y las
tiendas familiares. Todo volvía a la superficie entre las gentes del aeródromo. Cada
nombre despertaba un recuerdo, y todos pensaban en algún otro día. Todos eran,
excepto los niños, suficientemente viejos.
-Laredo.
-Recuerdo Laredo.
-Nueva York.
-Yo tenía una tienda en Harlem.
-Harlem, bombardeado.
Las palabras siniestras. Los lugares familiares. El esfuerzo de imaginar todo en ruinas.
Willie Johnson murmuró:
-Greenwater. Alabama. El pueblo donde nací. Lo veo aún.
-Destruido. Todo.
Destruido. Todo. Así decía el hombre.
Y el hombre continuó:
-Destruimos todo y arruinamos todo, como estúpidos que éramos y somos todavía.
Matamos a millones. No creo que los sobrevivientes pasen de quinientos mil. Y de todo
ese desastre salvamos un poco de metal, construimos este único cohete, y vinimos a
Marte, a pediros ayuda.
El hombre se detuvo y miró hacia abajo, y escrutó los rostros como para ver qué podía
esperar. Pero no estaba seguro.
Hattie Johnson sintió que el brazo de su marido se endurecía y vio que sus dedos
apretaban la cuerda.
-Hemos sido unos insensatos -dijo el hombre serenamente-. Destruimos la Tierra y su
civilización. No vale ya la pena reconstruir las ciudades. La radiactividad durará todo un
siglo. La Tierra ha muerto. Su vida ha terminado. Vosotros tenéis cohetes. Cohetes que
no habéis intentado usar, pues no queríais volver a la Tierra. Yo ahora os pido que los
uséis. Que vayáis a la Tierra a recoger a los sobrevivientes y traerlos a Marte. Os pido
vuestra ayuda. Hemos sido unos estúpidos. Confesamos ante Dios nuestra estupidez y
nuestra maldad. Chinos, hindúes, y rusos, e ingleses y americanos. Os pedimos que nos
dejéis venir. El suelo marciano se mantiene casi virgen desde hace innumerables siglos.
Hay sitio para todos. Es un buen suelo... Lo he visto desde el aire. Vendremos y
trabajaremos la tierra para vosotros. Sí, hasta haremos eso. Merecemos cualquier
castigo; pero no nos cerréis las puertas. No podemos obligaros ahora. Si queréis subiré a
mi nave y volveré a la Tierra. Pero si no, vendremos y haremos todo lo que vosotros
hacíais... Limpiaremos las casas, cocinaremos, os lustraremos los zapatos, y nos
humillaremos ante Dios por lo que hemos hecho durante siglos contra nosotros mismos,
contra otras gentes, contra vosotros.
El hombre calló. Había terminado.
Se oyó un silencio hecho de silencios. Un silencio que uno podía tomar con la mano, un
silencio que cayó sobre la multitud como la sensación de una tormenta distante. Los
largos brazos de los negros colgaban como péndulos oscuros a la luz del sol, y sus ojos
se clavaban en el viejo. El viejo no se movía. Esperaba.
Willie Johnson sostenía aún la cuerda entre las manos. Los hombres a su alrededor lo
observaban atentamente. Su mujer Hattie esperaba, tomada de su brazo.