tabernas, los puentes, los árboles con sus ahorcados, las colinas sembradas de balas, los
senderos, las vacas, las mimosas, y su propia casa, y las casas de columnas a orillas del
río, esas tumbas blancas en donde mujeres delicadas como polillas revoloteaban a la luz
del otoño, distantes, lejanas. Esas casas en donde los hombres fríos se balanceaban en
sus mecedoras, con los vasos de alcohol en la mano, y los fusiles apoyados en las
balaustradas del porche, mientras aspiraban el aire del otoño y meditaban en la muerte.
Ya no estaban allí, ya nunca volverían. Sólo quedaba, de toda aquella civilización, un
poco de papel picado esparcido por el suelo. Nada, nada que él, Willie, pudiese odiar... ni
la cápsula vacía de una bala, ni una cuerda de cáñamo, ni un árbol, ni siquiera una colina.
Nada sino unos desconocidos en un cohete, unos desconocidos que podían lustrarle los
zapatos y viajar en los últimos asientos de los ómnibus o sentarse en las últimas filas de
los cines oscuros.
-No tienen por qué hacer eso -murmuró Willie Johnson.
Su mujer le miró las manos.
Los dedos de Willie estaban abriéndose.
La cuerda cayó al suelo y se dobló sobre sí misma.
Los hombres corrieron por las calles del pueblo y arrancaron los letreros tan
rápidamente dibujados y borraron la pintura amarilla de los ómnibus, y cortaron los
cordones que dividían los teatros, y descargaron los fusiles, y guardaron las cuerdas.
-Un nuevo principio para todos -dijo Hattie, en el coche, al regresar.
-Sí -dijo Willie al cabo de un rato-. El Señor ha salvado a algunos: unos pocos aquí y
unos pocos allá. Y el futuro está ahora en nuestras manos. El tiempo de la tortura ha
concluido. Seremos cualquier cosa, pero no tontos. Lo comprendí en seguida al oír a ese
hombre. Comprendí que los blancos están ahora tan solos como lo estuvimos nosotros.
No tienen casa y nosotros tampoco la teníamos. Somos iguales. Podemos empezar otra
vez. Somos iguales.
Willie detuvo el coche y se quedó sentado, inmóvil, mientras Hattie hacía salir a los
chicos. Los chicos corrieron hacia el padre.
-¿Has visto al hombre blanco? ¿Lo has visto? -gritaron.
-Sí, señor -dijo Willie, sentado al volante, pasándose lentamente la mano por la cara-.
Me parece que hoy he visto por primera vez al hombre blanco... Lo he visto de veras,
claramente.
LA CARRETERA
La Lluvia Fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en los
sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. La mujer
no dejaba de moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas espigas entre las rocas
de lava. En esa sombra húmeda, en alguna parte, lloraba un niño.
Hernando esperaba a que cesase la lluvia, para volver al campo con su arado de rejas
de madera. En el fondo del valle hervía el río, espeso y oscuro. La carretera de hormigón -
otro río- yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había pasado en esa última hora. Era,
en verdad, algo muy raro. Durante años no había transcurrido una hora sin que un coche
se detuviese y alguien le gritara: «¡Eh, usted! ¿Podemos sacarle una foto?». Alguien con
una cámara de cajón, y una moneda en la mano. Si Hernando se acercaba lentamente,
atravesando el campo sin su sombrero, a veces le decían:
-Oh, será mejor con el sombrero puesto -Y agitaban las manos, cubiertas de cosas de
oro que decían la hora, o identificaban a sus dueños, o que no hacían nada sino