Volvió en seguida con la taza de una rueda llena de agua. La taza era, también, un
regalo del camino. Una tarde había aparecido como una moneda que alguien hubiese
arrojado a su campo, redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir que había
perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían usado en la casa para lavar y cocinar. Servía
muy bien de tazón.
Mientras echaba el agua en el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró los
rostros atormentados.
-Oh, gracias, gracias -dijo una de las jóvenes-. No sabe cómo lo necesitamos.
Hernando sonrió.
-Mucho tránsito a esta hora. Todos en la misma dirección. El norte.
No quiso decir nada que pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí estaban
las muchachas, inmóviles bajo la lluvia, llorando. Lloraban con fuerza. Y el joven trataba
de hacerlas callar tomándolas por los hombros y sacudiéndolas suavemente, una a una;
pero las muchachas, con los periódicos sobre las cabezas, y los labios temblorosos, y los
ojos cerrados, y los rostros sin color, siguieron llorando, algunas a gritos, otras más
débilmente.
Hernando las miró, con la taza vacía en la mano.
-No quise decir nada malo, señor -se disculpó.
-Está bien -dijo el joven.
-¿Qué pasa, señor?
-¿No ha oído? -replicó el muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y asiendo el
volante con una mano, se inclinó hacia él-: Ha empezado.
No era una buena noticia. Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes,
olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia cayera y se mezclara con las
lágrimas.
Hernando se enderezó. Echó el resto del agua en el radiador. Miró el cielo,
ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso. Sintió el asfalto bajo los pies.
Se acercó a la portezuela. El joven extendió una mano y le dio un peso.
-No. -Hernando se lo devolvió-. Es un placer.
-Gracias, es usted tan bueno -dijo una muchacha sin dejar de sollozar-. Oh, mamá,
papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera estar en casa. Oh, mamá, papá.
Y las otras muchachas se unieron a ella.
-No he oído nada, señor -dijo Hernando tranquilamente.
-¡La guerra! -gritó el hombre como si todos fuesen sordos-. ¡Ha empezado la guerra
atómica! ¡El fin del mundo!
-Señor, señor -dijo Hernando.
-Gracias, muchas gracias por su ayuda. Adiós -dijo el joven.
-Adiós -dijeron las muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo.
Hernando se quedó allí, inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se alejaba por
el valle con un ruido de hierros viejos. Al fin ese último coche desapareció también, con
los periódicos abiertos como alas temblorosas sobre las cabezas de las mujeres.
Hernando no se movió durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las mejillas y a
lo largo de los dedos, y le entraba por los pantalones de arpillera. Retuvo el aliento y
esperó, con el cuerpo duro y tenso.
Miró la carretera, pero ya nada se movía. Pensó que seguiría así durante mucho,
mucho tiempo.
La lluvia dejó de caer. El cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos la
tormenta se había desvanecido, como un mal aliento. Un aire suave traía hasta Hernando
el olor de la selva.
Hernando podía oír el río, que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva estaba
muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el campo hasta la casa, y recogió el arado.