Con las manos sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en donde empezaba a arder el
sol.
-¿Qué ha pasado, Hernando? -le preguntó su mujer, atareada.
-No es nada -replicó Hernando.
Hundió el arado en el surco.
-¡Burrrrrrrro! -le gritó al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro, por las tierras de
labranza que bañaba el río de aguas profundas.
-¿A qué llamarán «el mundo»? -se preguntó Hernando.
EL HOMBRE
El capitán Hart se detuvo en la puerta del cohete.
-¿Por qué no vienen? -preguntó.
-¿Quién sabe? -dijo el teniente Martin-. ¿Acaso lo sé, capitán?
El capitán encendió un cigarro y arrojó la cerilla hacia el prado brillante. El pasto
comenzó a arder.
Martin se adelantó para pisar el fuego.
-No -ordenó el capitán Hart-, déjelo. Quizá así vengan a ver qué pasa. Esos tontos
ignorantes...
Martin se encogió de hombros y apartó el pie del fuego. El capitán Hart miró su reloj.
-Llegamos hace ya una hora. ¿Ha visto usted algún comité de recepción que viniese a
estrecharnos las manos, con una banda de música? Naturalmente que no. Recorremos
varios millones de kilómetros a través del espacio y los señores ciudadanos de una ciudad
cualquiera, de un planeta totalmente desconocido, se encogen de hombros. -El capitán
lanzó un gruñido, y golpeó el reloj con la punta de los dedos-. Bueno, les daré otros cinco
minutos, y entonces...
-¿Entonces, qué? -preguntó Martin muy cortésmente mientras observaba cómo le
temblaban los carrillos al capitán.
-Volaremos sobre esta condenada ciudad y les pondremos los pelos de punta. -El
capitán habló con más calma-: ¿Será posible que no nos hayan visto?
-Nos han visto. Alzaron las cabezas cuando pasamos sobre ellos.
-¿Entonces por qué no vienen corriendo por el campo? ¿Están escondiéndose?
¿Tienen miedo?
Martin sacudió la cabeza.
-No. Tome mis anteojos, capitán. Mire usted mismo. La gente anda por las calles. No
están asustados. No les importa... nada más.
El capitán Hart se llevó los lentes a los ojos fatigados. Martin alzó la vista y se entretuvo
observando las líneas y los hoyos de irritación, cansancio y nerviosidad, que cubrían el
rostro de su jefe. Hart parecía tener un millón de años. Nunca dormía, comía muy poco,
jamás dejaba de moverse. Ahora se le movían los labios, pálidos, viejos y afilados.
-Realmente, Martin, no sé por qué nos tomamos tantas molestias. Construimos
cohetes, afrontamos, buscando a estos hombres, la difícil travesía del espacio, y así nos
pagan. Con indiferencia. Mire a esos idiotas yendo de un lado a otro. ¿No comprenden
qué importante es esto? El primer cohete interplanetario que llega a estas tierras de
provincia. ¿Cuántas veces pasa? ¿Están hartos acaso?
Martin no lo sabía.
El capitán le devolvió cansadamente los binoculares.