-Bueno -dijo el alcalde de la ciudad-. Es un hombre muy dulce y bondadoso. Muy
inteligente y de grandes conocimientos...
-Sí, sí, ya sé. -El capitán agitó una mano-. Generalidades. Quiero algo específico. ¿Qué
cara tiene?
-No creo que eso sea importante -replicó el alcalde.
-Es muy importante -dijo el capitán con seriedad-. Quiero una descripción de ese
hombre. Si usted no puede dármela, me la darán otros. -Y añadió mirando a Martin-:
Juraría que es Burton con alguna de sus triquiñuelas.
Martin no miró al capitán. Permanecía hundido en un frío silencio.
El capitán castañeteó los dedos.
-¿Se ha producido algo así como... una cura?
-Muchas curas -dijo el alcalde.
-¿Puedo ver una?
-Puede -contestó el alcalde-. Mi hijo. -Hizo una seña a un niño que se adelantó hacia
ellos-. Tenía un brazo atrofiado. Mírelo ahora.
El capitán emitió una risa tolerante.
-Sí, sí. Pero esto no es ni siquiera una prueba circunstancial, amigo mío. Yo no he visto
el brazo atrofiado. Sólo he visto un brazo sano y entero. Esto no es una prueba. ¿Cómo
puede probarme que ayer este brazo estaba atrofiado?
-Mi palabra es una prueba suficiente -dijo simplemente el alcalde.
-¡Pero querido señor! -exclamó el capitán-. No esperará usted que me fíe de rumores.
Oh, no.
-Lo siento -dijo el alcalde, mirando al capitán con lo que parecía ser curiosidad y
lástima.
-¿No tiene ningún retrato del chico anterior a hoy? -preguntó el capitán.
Pasaron unos instantes y trajeron un gran cuadro al óleo en el que se veía al niño con
un brazo atrofiado.
-¡Mi querido amigo! -El capitán indicó con un ademán que se llevaran el cuadro-.
Cualquiera puede pintar un cuadro. Las pinturas mienten. Quiero una fotografía.
No había fotografías. En ese mundo no se conocía el arte fotográfico.
-Bueno -suspiró el capitán, torciendo la cara-, déjeme hablar con algunos ciudadanos.
Así no vamos a ninguna parte. -Señaló a una mujer-. Usted.-La mujer titubeó-. Sí, usted,
venga -ordenó el capitán-. Cuénteme algo de ese hombre maravilloso que vieron ayer.
La mujer miró serenamente al capitán.
-Caminó entre nosotros, y era muy hermoso, y muy bueno.
-¿De qué color tenía los ojos?
-El color del sol, el color del mar, el color de una flor, el color de las montañas, el color
de la noche.
-¡Basta! -El capitán alzó los brazos-. ¿Ve usted, Martin? Absolutamente nada. Algún
charlatán vagabundo que les sopla al oído unas naderías dulzonas y...
-Por favor, cállese -dijo Martin.
El capitán dio un paso atrás.
-¿Qué?
-Ya me ha oído -dijo Martín-. Esta gente me gusta. Creo que lo que dicen es cierto.
Usted puede tener su opinión, pero guárdesela, capitán.
-¡No le permito...! -gritó el capitán.
-Ya estoy un poco harto de sus aires de superioridad -replicó Martin-. Deje tranquilos a
estos hombres. Una vez que ven algo decente y bueno, viene usted a estropearlo todo y a
ponerlos en ridículo. Yo también he hablado con ellos. Caminé por las calles de la ciudad,
y vi las caras, y vi algo que usted no ha visto nunca... un poco de fe. Y con ese poco de fe
moverán montañas. Usted, usted está furioso porque alguien le estropeó su entrada al
escenario, alguien que llegó primero e hizo de usted un hombre insignificante.