-Le doy cinco segundos para que termine -indicó el capitán-. Comprendo. Ha estado
usted sometido a una enorme tensión. Martin. Meses de viaje por el espacio, nostalgia,
soledad. Y ahora se encuentra usted con esto. Comprendo, Martin. Paso por alto su
insubordinación.
-Pues yo no paso por alto su mezquina tiranía -replicó Martin-. Abandono el cohete. Me
quedo aquí.
-¡No puede hacer eso!
-¿No? Trate de impedirlo. Esto era lo que yo buscaba. No lo sabía, pero ahora lo veo
claramente. Váyase a ensuciar otros mundos, a estropearlos con sus dudas y sus...
métodos científicos. Estas gentes han tenido una singular experiencia, y usted no
entiende que es algo real y que hemos tenido la suerte de llegar a tiempo. En la Tierra se
ha hablado de este hombre durante veinte siglos. Todos hubiéramos querido verlo y oírlo,
y no pudimos. Y ahora, hoy, lo hemos perdido por unas horas.
El capitán Hart miró las mejillas de Martin.
-Está llorando como un nene. Cállese.
-No me importa.
-Bueno, a mí, sí. Tenemos que mantenernos unidos ante estos nativos. Está usted
agotado. Ya se lo he dicho, lo perdono.
-No necesito su perdón.
-No sea idiota. ¿No ve que es una triquiñuela de Burton? Ha engañado a esta gente,
les ha cegado los ojos. Ha disfrazado su interés por las minas y el petróleo de la región
con un barniz religioso. Es usted muy tonto, Martin. Muy tonto. Ya es tiempo de que
conozca a los terrestres. Recurren a cualquier cosa -blasfemias, mentiras, trampas, robos,
asesinatos- para alcanzar sus fines. Cualquier cosa es buena si da resultado. Un
verdadero pragmatista. Eso es Burton. Usted lo conoce bien. -El capitán se rió
forzadamente-. Vamos, Martin. Esta es otra de esas típicas canalladas de Burton.
Comprar a esta gente con zalamerías, y luego, cuando llegue el momento, arrancarles la
piel.
-No -dijo Martin, pensativo.
El capitán extendió una mano.
-Es Burton. Es él. Con sus métodos de siempre, la misma suciedad y los mismos
crímenes. Tengo que admirar a ese viejo dragón. Una llamarada aquí, un resplandor allá,
una palabrita dulce y una caricia, un poco de ungüento y unos cuantos rayos
medicinales... Burton, de cuerpo entero.
-No. -La voz de Martin era muy débil. Se cubrió los ojos-. No. No lo creo.
-No quiere creerlo -continuó el capitán-. Reconózcalo, vamos. Reconózcalo. Burton no
haría otra cosa. No suene despierto, Martin. Abra los ojos. Es de día. Este es un mundo
real, y nosotros somos gente real, gente sucia... Burton el más sucio de todos.
Martin se dio vuelta.
-Bueno, bueno, Martín -le dijo Hart, golpeándole mecánicamente la espalda-.
Comprendo. Un golpe para usted. Comprendo. Una verdadera vergüenza, y todo lo
demás. Este Burton es un canalla. No pierda la cabeza, Martin. Deje el asunto en mis
manos.
Martin se alejó lentamente hacia el cohete.
El capitán lo siguió con la mirada. Suspiró y se volvió hacia la mujer a quien había
estado interrogando.
-Bueno. Cuénteme algo más de este hombre. ¿Qué decía usted, señora?
Los oficiales de la nave cenaron en unas mesitas de juego, en medio del campo. El
capitán recitaba sus informes ante un Martin de ojos enrojecidos, meditabundo y
silencioso.
-He examinado a tres docenas de personas, y todas me repitieron la misma cantinela -
decía el capitán-. Obra de Burton, sin duda. Estoy seguro. Va a aparecerse mañana o la