El capitán se arrodilló al lado del cadáver. Los tripulantes lo rodeaban con los ojos
bajos. Martin esperaba. El capitán pidió que lo ayudaran a levantarse. Luego, todos, de
pie, miraron la ciudad.
-¿Eso significa...? -preguntó Martin.
-Hemos sido los primeros en llegar -murmuró el capitán Hart- y ese hombre...
-¿Qué pasa con ese hombre, capitán? -preguntó Martin.
En el rostro del capitán los músculos se retorcían insensatamente. Parecía
verdaderamente viejo. Tenía un color gris y una mirada vidriosa. Dio unos pasos por la
hierba seca.
-Acompáñeme, Martin. Acompáñeme. Sosténgame. Hágame el favor. Tengo miedo de
caer. Vamos, rápido. No podemos perder más tiempo...
Avanzaron, tambaleándose, hacia la ciudad, pisando la hierba alta y seca, golpeados
por el viento.
Varias horas después estaban sentados en el auditorio de la alcaldía. Un millar de
personas había entrado, había hablado, y se había ido. El capitán, ojeroso, los había
escuchado a todos. Había tanta luz en los rostros de los que venían a dar su testimonio
que el capitán no podía mirarlos. Y durante todo ese tiempo sus manos se movían sobre
las rodillas, sobre el cinturón, tironeando, estremeciéndose.
Cuando las entrevistas terminaron, el capitán se volvió hacia el alcalde, y lo miró con
unos ojos muy raros.
-¿Pero usted no sabe dónde ha ido? -le preguntó.
-No nos lo dijo -replicó el alcalde.
-¿A algún mundo cercano? -preguntó el capitán.
-No lo sé.
-Tiene que saberlo.
-¿Lo ve usted? -preguntó el alcalde, señalando la multitud.
El capitán miró.
-No, no lo veo.
-Entonces, probablemente se ha ido.
-¡Probablemente, probablemente! -gritó el capitán, ya sin fuerzas-. He cometido un
terrible error. Quiero ver a ese hombre. No sé cómo me ha ocurrido esto. Uno de los
sucesos más extraordinarios de la historia. Pasarme a mí una cosa semejante. Las
probabilidades son de una sobre varios billones. Llegar a cierto planeta, entre millones de
planetas, al día siguiente de su llegada. ¡Usted tiene que saber dónde está!
-Cada uno lo encuentra a su modo -replicó gentilmente el alcaide.
El rostro del capitán se afeó lentamente. Algo de su antigua dureza volvió poco a poco
a dominarlo. Se puso de pie.
-Usted está ocultándolo.
-No -dijo el alcalde.
-¿Y no sabe dónde está?
Los dedos del capitán apretaron el estuche de cuero que llevaba en la cintura.
-No puedo decirle dónde está, exactamente -dijo el alcalde.
-Le aconsejo que hable. -El capitán extrajo un arma pequeña.
-No sé qué decirle -dijo el alcalde.
-¡Mentiroso!
Una expresión de piedad cubrió el rostro del alcalde mientras miraba a Hart.
-Está usted muy cansado -le dijo-. Ha hecho usted un largo viaje y pertenece a un
pueblo cansado que ha vivido mucho tiempo sin fe. Y ahora tiene usted tantos deseos de
creer, que tropieza y se confunde. Será más difícil si mata a alguien. Así no va a
encontrarlo.
-¿Dónde ha ido? El se lo dijo. Usted lo sabe. Vamos, dígamelo. -El capitán blandió el
arma.