El alcalde sacudió la cabeza.
-¡Dígamelo! ¡Dígamelo!
El arma sonó, una, dos veces. El alcalde cayo al suelo, herido en un brazo.
Martin dio un paso adelante.
-¡Capitán!
El arma apuntó rápidamente a Martin.
-No se meta, Martin.
Desde el piso, sosteniéndose el brazo herido, el alcalde alzó los ojos.
-Deje esa arma. Se hace daño. Nunca ha creído, y ahora supone que cree, y lastima a
la gente.
-No lo necesito -dijo Hart, de pie junto a el-. Si lo he perdido aquí por un día, iré a otro
mundo. Y luego a otro y a otro. Lo perderé por medio día en el primer planeta, quizá, y por
un cuarto de día en el siguiente, y por dos horas en el otro, y luego por un minuto. Pero al
fin lo encontraré. ¿Me oye? -El capitán gritaba ahora, inclinándose con cansancio sobre el
hombre que yacía en el piso. Se tambaleó, agotado-. Vamos, Martin. -De su brazo
colgaba el arma.
-No -dijo Martin-. Me quedo aquí.
-Es usted un tonto. Quédese si quiere. Pero yo seguiré con los demás, y hasta donde
pueda.
El alcalde alzó los ojos hacia Martin.
-Pronto estaré bien. Déjeme. Ya cuidarán de mis heridas.
-Volver‚ -dijo Martin-. Voy hasta el cohete.
Los hombres atravesaron rápidamente la ciudad. Era evidente que el capitán luchaba
por mostrar toda su vieja fortaleza. Cuando llegó al cohete palmeó la coraza con una
mano temblorosa. Guardó el arma en el estuche. Miró a Martin.
-¿Bueno, Martin?
Martin miró al capitán.
-¿Bueno, capitán?
El capitán clavó los ojos en el cielo.
-Así que no quiere... venir... con... conmigo, ¿eh?
-No, señor.
-Será una gran aventura, por Dios. Creo que lo encontraré.
-Está usted decidido, ¿no es cierto, señor? -preguntó Martin.
El rostro del capitán se estremeció. Se le cerraron los ojos.
-Hay algo que quisiera saber.
-¿Qué?
-Señor, cuando lo encuentre... si lo encuentra -dijo Martin-, ¿qué le va a pedir?
-Cómo... -El capitán calló y entornó los ojos Abrió y cerró las manos. Se quedó
pensando y luego sonrió extrañamente-. Le pediré un poco de... paz y tranquilidad. -Tocó
el cohete-. Hace mucho, mucho tiempo... que no descanso.
-¿Ha intentado descansar alguna vez, capitán?
-No comprendo -dijo Hart.
-No importa. Adiós, capitán.
-Adiós, señor Martin.
La tripulación se había reunido en el prado. Sólo tres seguirían con Hart. Los otros siete
se quedaban con Martin.
El capitán Hart les echó una ojeada y murmuró su veredicto:
-¡Pobres tontos!
Fue el último en meterse por la escotilla. Hizo un saludo y se rió secamente. La
portezuela se cerró.
El cohete se elevó sobre un pilar de fuego.
Martin lo vio alejarse y desaparecer.