suelo? ¿No era casi siempre un arroyo, un pantano, un estanque, un lago, un río, y luego,
por fin, el mar?
-Llegamos.
Los hombres saltaron a tierra, chapoteando. Desinflaron el bote e hicieron de él un
paquete. Luego, de pie junto a la orilla lluviosa, trataron de fumar. Pasaron unos cinco
minutos antes que, estremeciéndose, con el encendedor invertido y protegido por las
manos, pudieran aspirar unas pocas bocanadas de unos cigarrillos que se mojaban
rápidamente y que una repentina ráfaga de lluvia les arrancaba de la boca.
Echaron a caminar.
-Un momento -dijo el teniente-. Creo haber visto algo ahí adelante.
-¿La cúpula solar?
-No estoy seguro. La lluvia se cerró en seguida.
Simmons comenzó a correr.
-¡Simmons, vuelva!
Simmons desapareció bajo la lluvia. Los otros lo siguieron.
Encontraron a Simmons en un claro de la selva. Se detuvieron y miraron a Simmons, y
lo que Simmons había descubierto.
El cohete.
Allí estaba, donde lo habían dejado. Habían dado, de algún modo, una vuelta completa,
y se encontraban otra vez en el punto dc partida. Entre los restos del cohete yacían los
dos cadáveres. Unas algas verdes les salían de las bocas. Se quedaron mirándolos, y las
algas florecieron. Los pétalos se desplegaron bajo la lluvia, y las plantas comenzaron a
morir.
-¿Cómo hemos vuelto?
-Una tormenta eléctrica, probablemente. La electricidad desarregló nuestras brújulas.
Eso lo explica todo.
-Puede ser.
-¿Qué haremos ahora?
-Empezar de nuevo.
-¡Dios mío! ¡Estamos tan lejos como antes!
-Calma, Simmons.
-¡Calma, calma! ¡Esta lluvia me enloquece!
-Tenemos bastante comida como para dos días, si no nos excedemos.
La lluvia bailó sobre la piel de los hombres, sobre los trajes empapados. La lluvia les
corrió por las narices y las orejas, por los dedos y las rodillas. Parecían unas fuentes de
piedra rodeadas de árboles. Echaban agua por todos los poros.
Y mientras estaban allí, mirando el cohete, oyeron un lejano rugido.
Y el monstruo salió de la lluvia.
El monstruo se alzaba sobre un millar de eléctricas patas azules. Caminaba
rápidamente, terriblemente Cada paso era un golpe. Donde se posaba una pata, un árbol
caía fulminado. El aire se llenó de bocanadas de humo. La lluvia aplastaba las débiles
humaredas. El monstruo tenía mil metros de altura y quinientos de ancho, e iba de un lado
a otro como un gigante ciego. A veces durante unos instantes, no tenía ninguna pata. Y
en seguida, en un segundo, mil látigos le salían del vientre, látigos azules y blancos que
herían la selva.
-La tormenta eléctrica -dijo uno de los hombres-. Arruinó las brújulas. Y viene para
aquí.
-Échense todos -dijo el teniente.
-¡Corran! -gritó Simmons.
-No pierda la cabeza, Simmons. Échense. La tormenta sólo golpea los lugares
elevados. Quizá salgamos ilesos. Echémonos aquí, lejos del cohete. Descargará ahí toda
su fuerza y pasará sin tocarnos. ¡Cuerpo a tierra!