Los hombres se echaron al suelo.
-¿Viene? -se preguntaron después de un rato.
-Viene.
-¿Está cerca?
-A unos doscientos metros.
-¿Más cerca?
-¡Aquí está!
El monstruo llegó y se detuvo sobre ellos. Diez relámpagos azules golpearon el cohete.
La nave se estremeció como un gong y dejó escapar un eco metálico. El monstruo lanzó
otros quince relámpagos que bailaron alrededor del cohete, en una ridícula pantomima,
palpando la selva y el suelo barroso.
-¡No! ¡No!
Uno de los hombres se puso de pie.
-¡Échese, idiota! -le gritó el teniente.
-¡No!
Los relámpagos golpearon la nave una docena de veces. El teniente volvió la cabeza
sobre el brazo y vio las enceguecedoras llamaradas azules. Vio cómo se abrían los
árboles y caían en pedazos. Vio la monstruosa nube oscura que giraba como un disco
negro y arrojaba otro centenar de lanzas eléctricas.
El hombre que se había puesto de pie corría ahora, como por una sala de columnas.
Corría zigzagueando entre ellas, hasta que al fin doce de esas columnas se abatieron
sobre él, y se oyó el sonido de una mosca que se posa sobre un alambre incandescente.
El teniente había oído ese sonido en su infancia, en una granja. Y en seguida se sintió el
olor de un hombre reducido a cenizas.
El teniente bajó la cabeza.
-No miren -les dijo a los otros.
Tenía miedo de que también ellos echaran a correr.
La tormenta descargó sobre los hombres una nueva serie de relámpagos, y luego se
alejó. Y otra vez volvió a sentirse sólo la lluvia. El agua limpió el aire rápidamente y borró
el olor de la carne chamuscada. Y los tres sobrevivientes se sentaron a esperar a que se
les calmaran los sobresaltados corazones.
Luego se acercaron al cuerpo, pensando que quizá podrían salvarle la vida. No podían
creer que no fuese posible ayudarlo. Era una actitud natural. No admitieron la muerte
hasta que la tocaron, pensaron en ella, y empezaron a discutir si debían enterrar el
cadáver o dejarlo allí para que la selva misma lo sepultara con las hojas que crecerían en
no más de una hora.
El cuerpo del hombre era un hierro retorcido envuelto en un cuero chamuscado.
Parecía un maniquí de cera, metido en un incinerador y retirado en seguida, cuando la
cera comenzaba a aplastarse alrededor del esqueleto de carbón. Sólo la dentadura era
blanca. Los dientes brillaban como un raro brazalete blanco, caído a medias sobre un
puño apretado y negro.
-No debió correr -dijeron todos, casi al mismo tiempo.
Y mientras miraban el cadáver, la vegetación creció rápidamente a su alrededor,
ocultándolo con hiedras, enredaderas y hasta flores para el hombre muerto.
A lo lejos, la tormenta corrió sobre relámpagos azules, y desapareció.
Los hombres cruzaron un río, y un arroyo, y un torrente, y otros doce ríos, y más
torrentes y arroyos. Nuevos ríos nacían continuamente ante sus ojos, y los viejos ríos
alteraban su curso... Ríos del color del mercurio, ríos del color de la plata y la leche.
Los ríos corrían hacia el mar.
El mar Único. En Venus sólo había un continente. Una tierra de cuatro mil kilómetros de
largo por mil kilómetros de ancho, y alrededor de esta isla, sobre el resto del lluvioso