planeta, se extendía el mar Único. El mar Único, que golpeaba levemente las costas
pálidas...
-Por aquí. -El teniente señaló el sur-. Podría asegurar que allá hay dos cúpulas solares.
-¿Ya que empezaron por qué no construyeron cien cúpulas más?
-Hay ciento veinte cúpulas, ¿no?
-Ciento veintiséis, hasta el mes pasado. Hace un año trataron de que el Congreso
votara una ley para construir otras dos docenas; pero, oh, no, ya conocen la musiquita.
Prefirieron que la lluvia enloqueciera a algunos hombres.
Partieron hacia el sur.
El teniente y Simmons y el tercer hombre, Pickard, caminaron bajó la lluvia. bajo la
lluvia que caía pesadamente y dulcemente, bajo la lluvia torrencial e incesante que caía a
martillazos sobre la tierra y el mar y los hombres en marcha.
Simmons fue el primero en verla.
-¡Allá está!
-¿Qué?
-¡La cúpula solar!
El teniente parpadeó sacándose el agua de los ojos, y alzó las manos para protegerse
de las mordeduras de la lluvia.
A lo lejos, a orillas de la selva, junto al océano, se veía un resplandor amarillo. Se
trataba, indudablemente, de una cúpula solar.
Los hombres se sonrieron.
-Parece que tenía razón, teniente.
-Suerte.
-Oigan, al verla me siento otra vez lleno de vida.
-¡Vamos! ¡El último en llegar es un hijo de perra!
Simmons comenzó a trotar. Los otros lo siguieron automáticamente, sin aliento,
cansados, pero sin dejar de correr.
-Para mí un tazón de café -jadeó Simmons, sonriendo-. Y una hornada de pan, ¡dioses!
Y luego acostarse y dejar que el sol caiga sobre uno. ¡El hombre que inventó la cúpula
solar merece una medalla!
Corrieron con mayor rapidez. El resplandor amarillo se hizo aún más brillante -¡Pensar
que tantos hombres enloquecen antes de encontrar el remedio! Y sin embargo es tan
sencillo. -Las palabras de Simmons siguieron el ritmo de sus pasos-. ¡Lluvia, lluvia! Hace
años. Encontré‚ un amigo. En la selva. Caminando. Bajo la lluvia. Diciendo una y otra vez:
«No sé qué hacer, para salir, de esta lluvia. No sé qué hacer, para salir, de ésta lluvia. No
sé qué hacer...» Y así seguía. Sin detenerse. Pobre loco.
-¡Ahórrese fuerzas!
Los hombres corrieron..
Todos se reían. Llegaron, riéndose, a la puerta de la cúpula solar.
Simmons empujó la puerta.
-¡Eh! -gritó-. ¡Traigan el café y los bizcochos!
Nadie respondió.
Los hombres atravesaron el umbral.
La cúpula estaba desierta y en sombras. Ningún sol sintético flotaba, con su silbido de
gas, en lo alto del cielo raso azul. Ninguna comida estaba esperando. En la habitación
reinaba el frío, como en una tumba. Y a través de mil agujeros, abiertos recientemente en
el techo, entraba el agua, y las gotas de lluvia empapaban las gruesas alfombras y los
pesados muebles modernos, y estallaban sobre las mesas de vidrio. La selva crecía en la
habitación, como un musgo, en lo alto de las bibliotecas y en los hondos divanes. La lluvia
se introducía por los agujeros y caía sobre los rostros de los tres hombres.
Pickard empezó a reírse dulcemente.
-Cállese, Pickard.