-Oh, dioses, miren lo que estaba esperándonos... Nada de sol, nada de comida, nada.
¡Los venusinos! ¡Por supuesto! ¡Es obra de ellos!
Simmons asintió con un movimiento de cabeza. El agua le corrió por el pelo plateado y
por las cejas blancas.
-Una vez cada tanto los venusinos salen del mar y atacan las cúpulas. Saben que si
acaban con las cúpulas acabarán también con nosotros.
-¿Pero las cúpulas no están protegidas con armas?
-Por supuesto. -Simmons se dirigió hacia un lugar un poco menos mojado que los
otros-. Pero desde el último ataque han pasado cinco años. Se descuidaron las defensas.
Sorprendieron a estos hombres.
-¿Pero dónde están los cadáveres?
-Los venusinos se los llevaron al mar. He oído decir que lo ahogan a uno con un
método delicioso. Tardan cuatro horas. Realmente delicioso.
Pickard se rió.
-Apuesto a que aquí no hay comida.
El teniente frunció el ceño y señaló a Pickard con un movimiento de cabeza, mirando a
Simmons. Simmons hizo un gesto y entró en un cuarto, a un lado de la sala redonda. En
la cocina había mojadas rodajas de pan y trozos de carne donde crecía un vello verde.
La lluvia entraba por unos agujeros abiertos en el techo.
-Magnífico. -El teniente miró los agujeros-. Me parece que no podríamos tapar esos
agujeros e instalarnos aquí.
-¿Sin comida, señor? -gruñó Simmons-. La máquina solar está rota. Sólo nos queda
buscar la próxima cúpula. ¿Está muy lejos?
-No mucho. Recuerdo que en esta región construyeron dos no muy alejadas la una de
la otra. Quizá si esperásemos aquí, una dotación de la otra cúpula podría...
-Ya han estado aquí probablemente. Enviarán algunos hombres para reparar el lugar
dentro de unos seis meses, cuando el Congreso vote el dinero. Me parece que no nos
conviene esperar.
-Muy bien. Entonces nos comeremos el resto de las raciones y nos pondremos en
seguida en camino.
-Si por lo menos la lluvia no me golpeara la cabeza -dijo Pickard-. Sólo por unos
minutos... Si pudiera recordar en qué consiste sentirse tranquilo. -Pickard se apretó la
cabeza con ambas manos-. Recuerdo que cuando iba a la escuela un granuja que se
sentaba detrás de mí me pinchaba y me pinchaba y me pinchaba cada cinco minutos,
todo el día. Y así durante semanas y meses. Yo tenía siempre los brazos lastimados, con
manchas negras o azules y pensaba que esos pinchazos terminarían por volverme loco.
Un día, perdí la cabeza y me volví en mi asiento con una escuadra de metal que usaba en
las clases de dibujo técnico, y casi lo mato a aquel bastardo. Casi le saco la cabeza. Casi
le arranco un ojo. Me echaron de la clase, mientras yo gritaba: «¿Por qué no me deja
tranquilo? ¿Por qué no me deja tranquilo?» -Pickard se apretaba los huesos de la cabeza
con ambas manos. Cerraba los ojos-. ¿Pero qué puedo hacer ahora? ¿A quien voy a
golpear, a quién le diré que se vaya, que deje de molestarme? ¡Esta lluvia maldita, como
aquellos pinchazos, siempre sobre uno! ¡No se oye nada más! ¡No se siente nada más!
-Llegaremos a la otra cúpula solar a las cuatro de la tarde.
-¿Cúpula solar? ¡Miren ésta! ¿Y si todas las cúpulas de Venus estuviesen así, eh? ¿Y
si hubiese agujeros en todos los techos? ¿Y si entrara la lluvia en todas las cúpulas?
-Tenemos que correr ese riesgo.
-Estoy cansado de correr riesgos. Sólo quiero un techo y un poco de descanso. Que
me dejen en paz.
-Llegaremos dentro de ocho horas, si aguanta hasta entonces.
-No se preocupen. Aguantaré muy bien -dijo Pickard y se echó a reír sin mirar a sus
compañeros.