-Comamos -dijo Simmons, observándolo.
Caminaron por la costa, siempre hacia el sur. A las cuatro horas tuvieron que internarse
en la selva para evitar un río de más de un kilómetro de ancho, y de aguas demasiado
rápidas. Recorrieron unos ocho kilómetros y llegaron a un sitio en que el río surgía
abruptamente de la tierra, como de una herida mortal. Volvieron al océano bajo la lluvia.
-Tengo que dormir -dijo Pickard al fin. Se derrumbó-. No he dormido en cuatro
semanas. He probado, pero no puedo. Durmamos aquí.
El cielo estaba oscureciéndose. Caía la noche en Venus, una noche tan negra que todo
movimiento parecía peligroso. Simmons y el teniente cayeron también de rodillas.
-Bueno -dijo el teniente-, veremos qué se puede hacer. Ya lo hemos intentado antes,
pero no sé... Este clima no parece invitar al sueño.
Los hombres se tendieron en el barro, tapándose las cabezas para que el agua no les
entrara por las bocas. Cerraron los ojos. El teniente se estremeció.
No podía dormir.
Algo le corría por la piel. Algo crecía sobre él, en capas. Caían unas gotas, sobre otras
gotas, y todas se unían formando unos hilos de agua que le corrían por el cuerpo. Y
mientras, las raíces de las plantas se le metían en la ropa. Sintió que la hiedra lo cubría
con un segundo traje; sintió que los capullos de las florecitas se abrían, y que caían los
pétalos. Y la lluvia seguía y seguía, golpeándole el cuerpo y la cabeza. En la noche
luminosa (pues la vegetación brillaba ahora en la oscuridad) podía ver las figuras de los
otros dos hombres, como troncos caídos cubiertos por un manto de hierbas y flores. La
lluvia le golpeó la cara. Se cubrió la cara con las manos. La lluvia le golpeó entonces el
cuello. Se volvió boca abajo, en el barro, entre las plantas de tejidos elásticos, y la lluvia le
golpeó la espalda y las piernas.
El teniente se incorporó y comenzó a sacudirse el agua del cuerpo. Mil manos lo
estaban tocando, y no quería que lo tocaran. Ya no lo aguantaba más. Trastabilló y chocó
contra alguien. Era Simmons, de pie bajo la lluvia. Simmons escupía, tosía y estornudaba.
Y en seguida Pickard, gritando, se incorporó y echó a correr.
-¡Un momento, Pickard!
-¡Basta! ¡Basta! -gritaba Pickard. Disparó seis veces su arma contra el cielo de la
noche. En el resplandor de la pólvora, durante un instante, con cada detonación, los
hombres pudieron ver ejércitos de gotas de lluvia. como incrustadas en una vasta e
inmóvil piedra de ámbar, como sorprendidas por la explosión. Quince billones de gotitas,
quince billones de lágrimas, quince billones de joyas en una vitrina forrada de terciopelo
blanco. Y luego, cuando la luz desapareció, las gotas que se habían detenido para ser
fotografiadas, que habían suspendido su rápido descenso, cayeron sobre los hombres,
como una nube de voraces insectos, fría y dolorosa.
-¡Basta! ¡Basta!
-¡Pickard!
Pero Pickard ya no se movía.
El teniente encendió una linterna e iluminó el rostro húmedo de Pickard. El hombre
tenía los ojos desorbitados y la boca abierta, y el rostro vuelto hacia arriba, de modo que
el agua le golpeaba la lengua y le estallaba en la boca, y le lastimaba y le mojaba los ojos
abiertos, y le salía en burbujas de la nariz como un murmullo espumoso.
-¡Pickard!
Pickard no contestó. Se quedó allí, sin moverse, mientras las pompas de la lluvia se
rompían sobre su pelo descolorido, y los collares y las pulseras del agua se le
desprendían del cuello y las muñecas.
-¡Pickard! Nos vamos. Síganos.
La lluvia resbalaba por las orejas de Pickard.
-¿Me oye, Pickard?
Como si estuviese gritando dentro de un pozo.