para su cuerpo palpitante. El sol estaba allá arriba, en el cielo azul de la habitación, cálido,
caliente, amarillo, y hermoso.
El teniente se adelantó, arrancándose las ropas.
EL HOMBRE DEL COHETE
Las luciérnagas eléctricas giraban alrededor de la cabeza de mamá iluminándole el
camino. En el umbral de su alcoba mamá se detuvo y se volvió hacia mí. Yo atravesaba el
pasillo silencioso.
-Me ayudarás, ¿no es cierto? No quiero que se vaya otra vez.
-Haré lo posible -le dije.
-Por favor. -Las luciérnagas lanzaban unas móviles lucecitas sobre el rostro pálido-. No
puede volver a irse.
-Bueno -dije, deteniéndome un momento-. Pero todo será inútil.
Mamá se fue y las luciérnagas volaron detrás, recorriendo sus circuitos eléctricos,
como una constelación errante, enseñándole el camino entre las sombras. Aún oí que
decía, débilmente:
-Hay que intentarlo.
Otras luciérnagas me siguieron a mi cuarto. Cuando el peso de mi cuerpo cortó el
circuito en el interior de la cama, las luciérnagas se apagaron. Era medianoche, y mamá y
yo esperamos en nuestros cuartos, en nuestras camas, separados por la oscuridad. La
cama me acunó, cantando suavemente. Toqué una llave. El canto y el balanceo cesaron.
Yo no quería dormirme. No, de ningún modo.
Esa noche no era distinta de otras muchas noches. Nos despertábamos y sentíamos
que el aire fresco se calentaba, sentíamos el fuego en el viento, o veíamos que las
paredes se encendían unos segundos, con un brillante color, y sabíamos entonces que su
cohete pasaba sobre la casa... Su cohete, y los robles se balanceaban a su paso. Yo
seguía acostado con los ojos abiertos, y el corazón palpitante; y mamá seguía en su
alcoba. Su voz llegaba hasta mí a través de la radio.
-¿Sentiste?
Y yo le respondía:
-Sí, era él.
Era la nave de papá, que pasaba sobre el pueblo, un pueblo pequeño adonde nunca
venían los cohetes del espacio. Mamá y yo nos quedábamos despiertos las próximas dos
horas pensando: «Ahora papá aterriza en Springfield; ahora camina por la pista; ahora
firma los papeles; ahora sube al helicóptero; ahora pasa sobre el río; ahora sobre las
colinas; ahora el helicóptero desciende en el aeropuerto de Green Village, aquí...» Y
había pasado la mitad de la noche, y mamá y yo, desde nuestras frescas camas,
escuchábamos, escuchábamos. «Ahora camina por la calle Bell, siempre camina... nunca
toma un coche... Ahora cruza el parque, ahora dobla en la esquina de Oakhurst y
ahora...»
Me incorporé en la cama. Allá abajo, en la calle, cada vez más cerca, vivos, rápidos,
decididos... unos pasos. Ahora ante nuestra casa; en los escalones del porche. Y los dos,
mamá y yo, sonreímos en la oscuridad al oír la puerta de entrada, que se abre al
reconocerlo, y lo saluda, y se cierra, allá abajo...
Tres horas más tarde hice girar suavemente el pestillo del dormitorio de mis padres,
reteniendo el aliento, en medio de una oscuridad tan inmensa como el espacio que separa
los planetas, con la mano extendida hacia esa valijita negra abandonada a los pies de la