cama. La tomé y corrí a mi cuarto, pensando: «No quiere hablarme de eso. No quiere que
yo sepa.»
Y de la valija salió el uniforme oscuro, como una nebulosa oscura, con algunas
estrellas brillantes, aquí y allá, desparramadas sobre la tela. Apreté el traje negro entre las
manos febriles y respiré el olor del planeta Marte, un olor de hierro, y del planeta Venus,
un olor de hiedra verde, y del planeta Mercurio, un aroma dc azufre y fuego. Y pude sentir
el olor de la luna blanca como la leche y la dureza de las estrellas. Metí el uniforme en
una máquina centrífuga que había construido ese año en mi taller del colegio y la hice
girar.
Pronto un polvo fino se precipitó en la retorta. Puse el polvo bajo la lente de un
microscopio, y mientras mis padres dormían confiadamente, y mientras la casa dormitaba
con todos sus hornos, sus servidores y robots automáticos sumergidos en una modorra
eléctrica, yo examiné atentamente las motas brillantes del polvo de los meteoros, de la
cola de los cometas y del lejano planeta Júpiter. Y esas partículas de polvo eran como
mundos que me atraían a través del microscopio, a través de un billón de kilómetros, con
terroríficas aceleraciones.
Al alba, agotado por mi viaje, y con miedo de que me descubrieran, llevé el
empaquetado uniforme al dormitorio de mis padres.
En seguida me dormí. Sólo me desperté una vez al oír la bocina del camión del
tintorero que se detenía en el patio del fondo. Por suerte no esperé, me dije a mí mismo,
pues dentro de una hora devolverían el uniforme limpio de mundos y travesías.
Me dormí otra vez, con el frasquito de polvo mágico en un bolsillo del pijama, sobre el
corazón palpitante.
Cuando bajé las escaleras, allí estaba papá, ante la mesa del desayuno, mordiendo su
tostada.
-¿Has dormido bien, Doug? -me preguntó, como si no se hubiese movido, como si no
hubiese estado afuera tres meses.
-Muy bien -le contesté.
-¿Unas tostadas?
Apretó un botón y la mesa del desayuno me preparó cuatro doradas rodajas de pan.
Recuerdo a mi padre aquella tarde. Cavaba y cavaba en el jardín como un animal que
busca algo. Allí estaba, moviendo con rapidez los brazos largos y morenos, plantando
arando, cortando, podando, con el rostro siempre inclinado hacia la tierra, con los ojos
puestos constantemente en su trabajo, sin alzarlos nunca hacia el cielo, sin mirarme, sin
mirar ni siquiera a mamá, salvo cuando nos arrodillábamos a su lado y sentíamos que la
tierra pasaba a través de nuestras ropas y nos humedecía las rodillas, y metíamos las
manos entre los terrones oscuros, y no mirábamos el cielo brillante y furioso. Entonces
papá lanzaba una mirada, a la derecha o a la izquierda, hacia mamá o hacia mí, y nos
guiñaba el ojo alegremente, y seguía inclinado, con el rostro bajo, con los ojos del cielo
clavados en su espalda.
Aquella noche nos sentamos en la hamaca mecánica del porche. Y la hamaca nos
acunó, y levantó una brisa hacia nosotros, y cantó para nosotros. Era una noche de
verano, y había claro de luna, y bebíamos limonada, y nuestras manos apretaban los
vasos fríos, y papá leía los estereoperiódicos colocados en ese sombrero especial que
uno se pone en la cabeza, y que cuando uno parpadea tres veces, vuelve las páginas
microscópicas ante los lentes de aumento. Papá fumó algunos cigarrillos y me habló de
cuando era niño, en 1997. Y después de un rato, me dijo, como en tantas otras noches:
-¿Por qué no juegas, Doug?
No dije nada, pero mamá respondió:
-Juega otras noches, cuando no estás aquí.
Papá me miró, y luego, por primera vez en aquel día, alzó los ojos al cielo. Cuando
papá miraba las estrellas, mamá lo observaba atentamente. El primer día, y la primera