Llegamos temprano. Quise que papá se pusiese el uniforme. No debí pedírselo -mamá
se entristecía-, pero no pude dominarme. Insistí varias veces, aunque papá siempre se
negaba. Nunca lo había visto vestido de uniforme. Al fin papá dijo:
-Oh, bueno.
Esperamos en el vestíbulo mientras papá subía en el tubo neumático. Mamá me miró
con ojos extraviados, como si no pudiese creer que yo fuese su propio hijo. Aparté la
vista.
-Lo siento -dije.
-No estás ayudándome -me dijo mamá-. Nada.
Un instante después se sintió el silbido del tubo neumático.
-Aquí estoy -dijo papá, serenamente.
Lo miramos. Se había puesto el uniforme.
El traje era negro, y lustroso, con botones de plata, y botas de guarniciones de plata.
Parecía como si los brazos, las piernas y el cuerpo hubiesen sido arrancados de alguna
nebulosa oscura. Unas débiles estrellitas brillaban apenas a través de la nebulosa. El traje
ceñía el cuerpo como un guante que ciñe una mano larga y fina, y tenía un olor a aire frío,
metal y espacio. Tenía el olor del fuego y el tiempo.
Papá nos sonreía torpemente desde el centro de la habitación.
-Date vuelta -dijo mamá.
Los ojos de mamá miraban a papá como desde muy lejos.
Cuando papá salía de viaje, mamá no hablaba de él. Sólo hablaba del tiempo, o de que
tenía que lavarme la cara, o de que no podía dormir. Una vez me dijo que la luz era muy
fuerte de noche.
-Pero no hay luna esta semana -le dije.
-Entra la luz de las estrellas.
Salí y compré unas persianas más verdes y más oscuras. Esa noche, mientras estaba
acostado, oí cómo mamá las bajaba. Las persianas susurraron largamente.
Una vez quise cortar el césped.
-No -dijo mamá desde el umbral-. Guarda esa máquina.
El pasto creció libremente durante casi tres meses. Papá lo cortó cuando vino a casa.
Mamá no quería que yo arreglase la mesa que preparaba el desayuno, o la máquina
lectora. No me dejaba tocar nada, lo guardaba todo como para las navidades. Y luego
venía papá y martillaba y remendaba, sonriendo, y mamá sonreía, feliz, a su lado.
No, nunca hablaba de papá mientras él estaba ausente. En cuanto a papá, nunca
trataba de llamarnos a través de ese billón de kilómetros. Una vez nos dijo:
-Si os llamase, querría veros. No podría vivir tranquilo.
Y otra vez papá me dijo:
-Tu madre me trata a veces como si yo no estuviese aquí, como si yo fuese invisible.
Yo ya lo sabía. Mamá miraba más allá de papá, por encima de su cabeza. Le miraba
las mejillas, o las manos; pero nunca los ojos. Cuando lo hacía, los ojos de mamá se
cubrían con una tenue película, como un animal que va a dormirse. Mamá decía que sí en
los momentos oportunos, y sonreía, pero siempre un poco tarde.
-No estoy para ella -decía papá.
Pero otros días mamá estaba allí y papá estaba para mamá, y se tomaban de la mano,
y paseaban alrededor de la manzana, o salían en automóvil, y los cabellos de mamá
flotaban en el aire como los de una chica, y mamá apagaba todos los aparatos de la casa
y cocinaba para papá pasteles y tortas increíbles, y lo miraba fijamente con una sonrisa
que era de veras una sonrisa. Pero al terminar esos días en que papá parecía estar allí
para mamá, mamá siempre lloraba. Y papá, de pie, impotente, miraba a su alrededor
como buscando una respuesta, pero no la encontraba nunca.
Papá giró lentamente, con su uniforme, para que pudiésemos verlo.
-Date vuelta otra vez -dijo mamá.