Recordé su figura sudorosa en el jardín, y cómo había trabajado, y cómo había
escuchado, y supe que había hecho todo eso para convencerse a sí mismo de que sólo el
mar y los pueblos y el paisaje y la familia eran las únicas cosas reales, las cosas buenas.
Pero supe también qué haría papá esa noche: miraría las joyas de Orión desde el porche
de casa.
-Prométeme que no serás como yo -me dijo.
Titubeé.
-Muy bien -le dije.
Papá me tomó la mano.
-Eres un buen muchacho.
La cena fue magnífica esa noche. Mamá había corrido por la cocina con puñados de
canela, y harinas y cacerolas y ruidosas sartenes, y ahora un pavo enorme humeaba en la
mesa, con salsas, arvejas y pasteles de calabaza.
-¿En pleno agosto? -dijo papá, asombrado.
-No estarás aquí en navidad.
-No, no estaré.
Papá se inclinó sobre la comida, aspirando su aroma. Levantó las tapas de todos los
recipientes y dejó que el vapor le bañara la cara tostada por el sol.
-Ah -exclamó ante cada uno de los platos. Miró la habitación. Se miró las manos.
Observó los cuadros en las paredes, las sillas, la mesa. Me miró a mí. Miró a mamá. Se
aclaró la garganta. Vi que iba a decidirse.
-¿Lily? -dijo.
-¿Sí?
Mamá lo miró a través de su mesa, esa mesa que había preparado como una
maravillosa trampa de plata, como un sorprendente pozo de salsas, donde, como una
antigua bestia salvaje que cae en un lago de alquitrán, caería al fin su marido. Y allí se
quedaría, retenido en una cárcel de huesos de ave, salvado para siempre. Los ojos de
mamá centelleaban.
-Lily -dijo papá.
Vamos, pensé yo ávidamente. Dilo, rápido. Di que vas a quedarte, para siempre, y que
ya no te irás nunca. ¡Dilo!
En ese momento el paso de un helicóptero estremeció la habitación y los ventanales se
sacudieron con un sonido cristalino. Papa volvió los ojos.
Allí estaban las estrellas azules de la tarde, y el rojo planeta Marte que se elevaba por
el este.
Papá miró el planeta Marte durante todo un minuto. Luego, como un ciego, extendió la
mano hacia mí.
-Pásame las arvejas -me dijo.
-Perdón -dijo mamá-. Voy a buscar un poco de pan.
Corrió a la cocina.
-Pero si hay pan aquí, en la mesa -exclamé.
Papá no me miró y empezó a comer.
No pude dormir aquella noche. A la una de la mañana bajé al vestíbulo. La luz de la
luna era como una escarcha en los techos, y la hierba cubierta de rocío brillaba como un
campo de nieve. Me quedé en el umbral, vestido sólo con mi pijama, acariciado por el
cálido viento de la noche. Y vi entonces a papá sentado en la hamaca mecánica, que se
balanceaba suavemente. Su perfil apuntaba al cielo. Miraba las estrellas que giraban en la
noche, y los ojos, como cristales grises, reflejaban la luna.
Salí y me senté con él.
Nos hamacamos un rato. Y al fin le pregunté:
-¿De cuántos modos se puede morir en el espacio?
-De un millón de modos.