Peregrine sonriendo animadamente-. ¡Qué interesante! ¡El trabajo de un misionero nunca
estuvo tan envuelto en aventuras! ¡Desde hace siglos!
-Yo reconoceré el pecado, aun en Marte -dijo bruscamente el padre Stone.
-Nosotros los sacerdotes, tenemos el orgullo de ser como papeles de tornasol, que
cambian de color ante la presencia del pecado -replicó el padre Peregrine-. Pero, ¿y si la
química marciana es tal que no nos coloreamos? Si hay sentidos nuevos en Marte,
tenemos que admitir también la posible existencia de pecados irreconocibles.
-Si no hay mala intención, no puede haber pecado, ni castigo, ni arrepentimiento. Son
palabras del Señor -dijo el padre Stone.
-En la Tierra, sí. Pero quizá los pecados marcianos puedan llevar el mal al
subconsciente, en forma telepática, dejando la conciencia en libertad de acción,
¡aparentemente sin malicia! ¿Qué pasa, entonces?
-¿Qué pecados nuevos podrían existir?
El padre Peregrine se había inclinado pesadamente hacia adelante.
-Adán, solo, no pecó. Añádale Eva, y añade usted la tentación. Añada un segundo
hombre, y ya es posible el adulterio. Con la adición del sexo y otros seres humanos, se
añade el pecado. Si los hombres no tuviesen brazos, no podrían estrangular a nadie con
los dedos. No existiría entonces ese pecado de asesinato. Añádales manos y aparece la
posibilidad de una nueva violencia. Las amebas no pecan. Se reproducen por división
celular. No desean la mujer del prójimo, ni se matan entre sí. Añádales a las amebas
sexo, piernas y brazos y tendrá usted crímenes y adulterios. Añada o saque un brazo y
una pierna a una persona, y añadirá o suprimirá un mal posible. Si hay en Marte otros
cinco nuevos sentidos, órganos, miembros invisibles que no podemos imaginar, ¿no
habrá entonces cinco nuevos pecados?
El padre Stone lanzó un bufido.
-¡Parece como si esa idea le gustara!
-Me mantiene la mente despierta, padre. Eso es todo.
-Su mente está siempre haciendo juegos de manos, ¿eh? Con espejos, platos,
antorchas...
-Sí. Porque muy a menudo la Iglesia se parece a esos cuadros vivos de los circos
donde al levantarse el telón aparecen unos hombres inmóviles, blancos, bañados en talco
u óxido de cinc, que representan la belleza abstracta. Admirable. Pero yo confío en que
me dejen andar libremente entre esos hombres. ¿Usted no, padre Stone?
El padre Stone se había alejado.
-Creo que será mejor que nos acostemos. Dentro de unas horas daremos un salto para
ver esos nuevos pecados suyos, padre Peregrine.
El cohete estaba preparado para partir.
Los padres dejaron sus oraciones matinales. Hacía mucho frío. Los escogidos
sacerdotes de Los Angeles, Nueva York o Chicago -la Iglesia estaba enviando lo mejor
que tenía- caminaron a través del pueblo hasta el campo escarchado. El padre Peregrine
recordaba las palabras del obispo:
-Padre Peregrine, usted capitaneará a los misioneros con el padre Stone como
ayudante. Al elegirlo a usted para esta importante tarea he visto que mis motivos son
deplorablemente oscuros. Pero su folleto sobre los pecados planetarios no ha dejado de
tener sus lectores. Es usted un hombre flexible. Y Marte es como un armario sucio del que
nadie se preocupó durante miles de años. Los pecados se han acumulado allí como en un
almacén de antigüedades. Marte tiene el doble de la edad de la Tierra, y tiene también el
doble de noches de sábados, de despachos de bebidas, y de ojos clavados en mujeres
desnudas como focas blancas. Cuando abramos ese armario cerrado, todo eso caerá
sobre nosotros. Necesitamos un hombre rápido y flexible, alguien que sepa esquivar el
golpe. Un hombre demasiado dogmático se rompería en dos. Me parece que usted
resistirá bien. Padre, puede comenzar.