El obispo y los padres se arrodillaron.
Se sucedieron las bendiciones, y rociaron el cohete con agua bendita. El obispo,
incorporándose, se dirigió a los padres:
-Vais a preparar a los marcianos para que ellos puedan recibir la Verdad. Sé que Dios
os acompaña. Os deseo a todos un viaje bien meditado.
Pasaron ante el obispo, los veinte hombres, con un susurro de sotanas. Todos pusieron
las manos entre las bondadosas manos del obispo, y luego subieron al proyectil
purificado.
-Me pregunto -dijo en el último instante el padre Peregrine-, ¿y si Marte fuese el
infierno? ¿Si estuviese esperándonos para luego estallar en una nube de fuego y piedras?
-Que el Señor nos bendiga -dijo el padre Stone.
El cohete comenzó a moverse.
Salir del espacio era como salir de la más hermosa de las catedrales. Pisar el suelo de
Marte era como pisar el ordinario pavimento, fuera de la iglesia, cinco minutos después de
haber sentido, realmente, amor a Dios.
Los padres salieron cautelosamente del cohete humeante y se arrodillaron en el suelo
marciano. El padre Peregrine entonó una oración de gracias.
-Señor, te damos gracias por este viaje a través de tus moradas. Y, Señor, hemos
llegado a un mundo nuevo, de modo que necesitamos ojos nuevos. Oiremos sonidos
nuevos, y necesitamos oídos nuevos. Y habrá aquí pecados nuevos, y te pedimos la
gracia de unos corazones más firmes y más puros.
Los padres se incorporaron.
Y aquí estaba Marte, como un mar en el que se iban a sumergir disfrazados de
biólogos submarinos, en busca de la vida. Este era el territorio de los ocultos pecados.
¡Oh, qué cuidadosamente debían de guardar el equilibrio, como plumas grises, en este
nuevo elemento, temerosos de que hasta caminar sobre él fuese pecado, o respirar, o
aun ayunar!
Y ahí estaba el alcalde de la Primera Ciudad que se acercaba a ellos con la mano
extendida.
-¿Qué puedo hacer por usted, padre Peregrine?
-Quisiéramos saber algo de los marcianos. Pues sólo así podremos construir
inteligentemente nuestra iglesia. ¿Miden tres metros de altura? Construiremos unas
puertas muy altas. ¿Tienen la piel azul, roja o verde? Cuando pongamos figuras humanas
en los vitrales pintaremos la piel con el color adecuado. ¿Son pesados? Haremos
asientos sólidos.
-Padre Peregrine -dijo el hombre-, no creo que los marcianos deban de preocuparle.
Hay dos razas.
Una de ellas está casi muerta. Los pocos que quedan viven escondidos. Y la segunda
raza... bueno, no son seres humanos.
-Oh. -El corazón del padre Peregrine latió más rápidamente.
-Son globos de luz, padre, luminosos y redondos. Hombres o animales, ¿quién puede
saberlo? Pero actúan inteligentemente. Así he oído. -El alcalde se encogió de hombros-.
Pero por supuesto, no son hombres, así que no creo que usted deba preocuparse...
-Al contrario -dijo el padre Peregrine con rapidez-. ¿Inteligentes, ha dicho?
-Corre una historia. Un cateador de minas se rompió una pierna en esas montarías.
Solo, se hubiese muerto. Las esferas de luz se le acercaron. Cuando se despertó, estaba
acostado en la carretera y no sabía cómo había llegado allí.
-Borracho -dijo el padre Stone.
-Esa es la historia -dijo el alcalde-. Padre Peregrine, muerta la mayor parte de los
marcianos, y sólo con esos globos azules, creo francamente que sería mejor que se
instalase en la Primera Ciudad. Marte se ha inaugurado hace poco. Es una región
fronteriza, como las de aquellos viejos días terrestres: el Oeste y Alaska. Los hombres