vienen aquí en oleadas. Hay unos dos mil mecánicos irlandeses y mineros y trabajadores
que necesitan asistencia espiritual; pues hay demasiadas malas mujeres en ese pueblo y
demasiado vino marciano de hace diez siglos...
El padre Peregrine observaba las colinas azules.
El padre Stone se aclaró la garganta.
-¿Y bien, padre?
El padre Peregrine no lo oyó.
-¿Esferas de fuego azul?
-Sí, padre.
-Ah -suspiró el padre Peregrine.
-Globos azules -dijo el padre Stone sacudiendo la cabeza-. ¡Un circo!
El padre Peregrine sintió que la sangre le golpeaba en las muñecas. Miró el pueblecito
fronterizo, con sus pecados frescos y recientes, y miró las antiguas colinas, con los más
viejos y sin embargo (para él) más nuevos pecados.
-Alcalde, ¿sus irlandeses podrán cocinarse un día más en el infierno?
-Les daré una vuelta, preparándolos para su llegada, padre.
-Entonces, iremos allá -dijo el padre señalando las colinas con un movimiento de
cabeza.
Un murmullo.
-Sería algo tan simple -explicó el padre Peregrine- ir al pueblo. Prefiero pensar que si el
Señor viniese a este planeta y le dijeran: «Este es el viejo sendero», El replicaría:
«Mostradme los matorrales. Yo abriré el sendero.»
-Pero...
-Padre, piense cómo nos pesarían las conciencias si pasáramos junto a unos
pecadores sin tenderles la mano.
-¡Pero globos de fuego!
-Me imagino que los animales cuando vieron por primera vez al hombre pensaron que
era bastante raro. Y sin embargo, tenía un alma. Supongamos, hasta que probemos otra
cosa, que esas esferas brillantes tienen también un alma.
-Muy bien -dijo el alcalde-, pero luego vendrá al pueblo.
-Ya veremos. Primero el desayuno. Luego usted y yo, padre Stone, iremos hasta esas
colinas. No quiero asustar a esos marcianos de fuego con máquinas o multitudes.
¿Desayunamos?
Los padres comieron en silencio.
A la caída de la noche el padre Peregrine y el padre Stone se encontraban en lo alto de
las colinas. Se detuvieron y se sentaron en una roca a descansar y esperar. Los
marcianos no habían aparecido aún y los dos padres se sentían vagamente
desilusionados.
-Me pregunto... -El padre Peregrine se secó el sudor de la cara-. ¿Le parece que si les
gritamos?
«¡Hola!» nos responderán.
-Padre Peregrine, ¿no hablará usted nunca seriamente?
-No, no mientras el Señor no haga lo mismo. Oh, no ponga esa cara de susto, por
favor. El Señor no es serio. En realidad, es difícil saber qué es, además de amor Y el
amor está unido al humor ¿no es cierto? Pues no se puede amar a alguien si no se está
dispuesto a aguantarlo. Y no se puede aguantar constantemente a alguien sin reírse de
él, ¿no es verdad? Somos, es indudable, unos animalitos ridículos que se revuelven en un
tazón. Dios debe de amarnos principalmente porque le causamos gracia.
-Nunca imaginé a Dios como un humorista.
-¡El creador del platirrino, el camello, el avestruz y el hombre! ¡Oh, por favor! -El padre
Peregrine se rió.